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QUINTA FIESTA DOCTOR GONZO, SI TE LA PERDISTE JODETE, PERO AUNQUE SEA ENTERATE

fiesta 5

Las feromonas bailan y brillan en el éter porteño. Parece primavera. La noche es bien espesa, de malta tostada. Todo pasa en los alrededores de Alsina 451, en la latencia de otra Fiesta Impresentable. La Quinta Fiesta Gonzo, sin contar las proyecciones de Tico Tico que son otro tipo de celebraciones de una trascendencia similar.

Puerta doble hoja de madera, grabada a cuchillo con cartas de amor incompletas y muchos te extraño: mensajes alados, reminiscencias. Acá murió Luca, viejo. Ya nadie puede traerle una botella de ginebra.

   Sssiiiiiiiiiiillllllll…

Dos preguntas, dos respuestas, un mismo lugar: si le preguntaban a Luca en qué hubiera querido que se transformara su lecho de muerte, ¿no hubiera elegido un bar?; y si le pedían que le ponga nombre, ¿no le hubiera puesto Lo de Luca?

…veeeeeeeeer…

Lo que son los dados: vengo a Lo de Luca y me recibe el mismísimo Luca. Creo que estoy empezando a tener suerte.

Diez escalones de mármol y dos criaturas en el descanso. Arriba suenaSilver Mule y el humo -¿vapor?- se desliza entre lo que se suponen cuerpos. Todo fluye. Diez escalones más y florecen siluetas conocidas, formas que no llegan a ser gentes (primera epifanía: el arte del siglo XXI festeja a hurtadillas, temeroso de caer presa de los agentes de marketing, un día más de ostracismo). Pero no, esto es un ritual, una forma de darle nacimiento a algo que es arte y que vive. Esta Fiesta es un óvulo ansioso de ser atacado, y nosotros tratamos de meternos suavemente (segunda epifanía: somos padres de la Revista Doctor Gonzo; esto es una emboscada). Necesito un trago.

La barra está adornada con una hermosa señorita de gran atención y profesionalismo. Creo que es de verdad, de carne y hueso, pero no estoy seguro: hace mucho que no miro la tele. La cerveza se sirve fría y en envase de litro, tal y como lo dictan los primeros diez o doce mandamientos del viejo Hank. En el aire vibran los primeros acordes de White Trash. Se está muy a gusto, pero hay que profundizar.

El pasillo mete una curva y se estrella en un patio, al pie de la escalera que lleva a la habitación de Luca. La guardia de honor es un coro de ángeles capaces de conmover a la luna con solo mirarla. Es mejor no acercarse.

En una de las habitaciones de la planta baja está el Comando de Inteligencia de Gonzo. La radiante Mary Bubis es la encargada del ceremonial, como siempre. Y, como siempre, me saca la ficha al entrar, como si fuera amiga íntima de mi psicóloga y chusmearan entre mates sobre mis miserias. A Mary Bubis la rodea un aura, pero ella lo niega.

Aparece Ernest Pain. Mirada fija, abrazo concreto. Nunca llegaste antes de las tres de la mañana, me dice, siempre te perdés la celebración iniciática de esta convocatoria, y me refriega por la cara el video de Cocaine. Luego llegarán las bombas de serpentinas y abrazos generalizados con Somebody to love de fondo, y hasta un pogo espumoso al compás de la apológica Mono relojero. La expresión de Ernest denota cierta lástima hacia mí. Pienso en sus palabras y tomo conciencia de que la Fiesta Gonzo había tenido un comienzo y que, por ende, debía de tener un final. La congoja amenaza con contaminarme la sangre, pero una mano amiga surge a tiempo, me alcanza una cerveza y me contiene.

La noche transcurre entre sorpresas, halagos, admiraciones, encuentros-desencuentros-y-reencuentros, amistades, regalos, saludos, despedidas y perdones. Todo es placentero (tercera epifanía: la acidez nace del hedonismo, puede que hasta sea un flujo). Creo que todo el tiempo suena una risa, o como mínimo una sonrisa resoplona. Se arman charlas por doquier, y uno termina metiéndose en cuestiones que no le incumben de gente que no conoce. Antes del amanecer, todos levitan.

Van quedando pocas voces. Ya no venden más cerveza y una mina me barre vasos rotos, forros, botellas, cigarros, pedazos de piel y toda clase de mugre sobre los pies. Nadie quiere captar indirectas, menos en una situación tan amena.  Nos van empujando sutilmente hacia la calle. Ya no nos dejan pasar al baño. Desde el patio nace un murmullo, quizás una oración. De una de las habitaciones salen seis encapuchados y forman una barrera. En el centro del patio, cerca de la bañadera itinerante, el Staff de Gonzo desarma el círculo y empieza a subir la escalera. Van a encontrarse con Luca, a agradecerle la invitación. Quiero ir con ellos pero los encapuchados no me dejan. El doctor Porcino encabeza la fila, seguido por Kaster, Paint, Barnum, Bersington, Manzer, Burdein y el resto de sus secuaces. Antes de subir, Mary Bubis chasquea los dedos y empieza la violencia. Es hora de ir a casa.

Entre los escombros, ya cerca de la puerta, encuentro a alguien que le grita a un celular. Estaba hablando con dios y el muy hijo de puta me cortó, no llegué ni a putearlo un poco, me dice clavándome la vista. Pensé que estaba muerto, le contesto, tratando de consolarla. Nos abrazamos y nos echamos a llorar (cuarta y última epifanía: la Fiesta Gonzo es un capullo).

El sol estira los brazos y daña las retinas de los sobrevivientes. La masa se dispersa rápido, a la búsqueda de un refugio. Algunos se van solos, otros se miman, los pocos se van a seguirla de a muchos a otro lado. Pero ya es tarde. Parafraseando libremente a Cortázar, nos llegó el momento de volver a ser lo que no somos. Nos queda la incertidumbre, la esperanza de que la próxima se haga pronto.

iNES fLEX

fOTOS: eL gUMMO

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