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El NO a la paz en Colombia muestra que las estructuras nacidas en 1492 siguen bien vigentes

En un mundo donde perdura la colonialidad, Colombia no es la excepción.

Después de lo ocurrido el domingo pasado ha quedado en evidencia, una vez más, que el modelo de colonialidad se mantiene más vigente que nunca y que tiene profundas consecuencias en el Saber, el Hacer y el Creer de las mayorías, que han incorporado los intereses, deseos, objetivos y necesidades de las élites tradicionales y emergentes como si fueran propios. Éstos se reflejan luego en sus quehaceres y prácticas cotidianas, tal como votar negativamente en un importante plebiscito o, en el peor de los casos, abstenerse de hacerlo.

Una vez que pasó el plebiscito, el gerente de la campaña por el No, promovida por la derecha terrateniente y (en gran medida) la empresarial, dijo a los medios de comunicación, a título personal, que la estrategia empleada para convencer a los colombianos había sido fácil pues consistió en “mandar el mensaje direccionado para sacar la rabia y la indignación de los electores por estrato y ubicación geográfica. En emisoras de estratos medios y altos nos basamos en la no impunidad, la elegibilidad y la reforma tributaria (justicia transicional, participación política, reforma agraria), mientras que en las emisoras de estratos bajos nos enfocamos en subsidios (para los desmovilizados)”.

Lo anterior se puede escenificar observando la imagen del mapa del resultado electoral, con la que se prueba la forma específica en que dicha maniobra logró espacializar aquellos deseos, memorias e imaginarios hegemónicos y la respectiva construcción geográfica de identidades territorializadas y normalizadas.

Sin título

El 62% de los colombianos habilitados para votar no lo hicieron y un 18% eligió el No. El centro del país, en su mayoría urbano, votó por el No, mientras que la periferia, primordialmente rural, lo hizo por el Sí.

Estos resultados exponen un ethos muy peculiar, uno que ha naturalizado anteponer las garantías y beneficios señoriales establecidos (incluso en contra propia), llegando hasta querer defenderlos y protegerlos, para de esta manera reforzar el dispositivo de blancura, con el cual se ha trazado la vital frontera de lo mutuamente excluyente, desde donde se articulan las formas de unidad y unificación nacional, creando la ilusión de que todo puede (y de hecho debe) funcionar mejor si se ignoran las epistemes locales de las víctimas históricas y que realmente padecieron el conflicto, a saber, lo negro, lo indígena y lo campesino, y de paso, lo gay y femenista.

Las víctimas (sobrevivientes) de la masacre de Bojayá, una de las más crueles jamás vista, que involucró fuerzas del ejército, la guerrilla y paramilitares, manifestaron una vez conocidos los resultados del plebiscito que “no es justo que ellos puedan votar e influir en nuestras vidas o nuestras muertes y que nosotros no influyamos en las políticas que a ellos y ellas los afectan (…) La sociedad que votó por el NO tiene una deuda con los derechos de las víctimas”.

La estrategia de las élites bipartidistas y sus convenientes resultados confirman que los esquemas perceptivos e interpretativos impuestos y bajo los cuales se ha prefigurado el sentido de lo real social en Colombia, son cada tanto usados como táctica semiótica destinada para atizar, exacerbar y evitar entonces que algo pueda cambiar.

Es así que los modos de dominación y reproducción material y principalmente simbólica del orden social hegemónico en Colombia siguen intactos y eficaces.  De esta manera, la “Paz” (o lo que sea que ésta represente o pueda llegar a ser) sólo tendrá sentido en cuanto se le haga pasar a través del Poder que ese orden social tiene para Definir, es decir, para nombrar y para “bendecir”, y así autolegitimar un mundo dado por sentado, una significatividad impuesta, un sentido común que sostiene y refuerza esa comunidad imaginada de iguales que es el fundamento para los estilos de vida que se erigen como buenos y deseables, relegando, ignorando o desestimando a aquellas subjetividades incómodas, como las  negras, indígenas y campesinas que han padecido, soportado y resistido el conflicto.

Porque es a partir del simulacro de la democracia electoral-liberal-formal, que reduce la participación a la mera concurrencia a las urnas, que esta democracia de un 60% de abstención se convierte en la  práctica reguladora y ordenadora por excelencia de la subalternización de alteridades y sus virtuales potencias, arraigando, acentuando y perpetuando, cada vez más, la lógica moderna/colonial.

Queda claro entonces que en Colombia, el segundo país más desigual del continente, donde más se asesinan dirigentes sindicales, defensores de derechos humanos, líderes populares y periodistas, el del mayor número de desplazados por la violencia, donde la salud y la educación son un privilegio, el trabajo estable una lotería, los derechos humanos y fundamentales una afrenta al statu quo y ocasional concesión del establecimiento, la democracia es una propiedad privada que hay que cuidar.

 

Henry Forero-Medina

Profesor, escritor e investigador colombiano.

Doctorando en Filosofía y Ciencias Sociales UBA.

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