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HABLEMOS DEL ABORTO

Mejor no, porque hasta que alguien no le regale un feto con la camiseta de San Lorenzo al Papa Francisco las cosas no van a cambiar. Por lo menos esa es la postura de los sectores más extremos del lesbofeminismo armado. ¿Por qué las lesbianas se preocupan tanto por matar criaturas que no pueden concebir sin la ayuda del patriarcado? Solo Dios sabe. Quizá ni Él.

Si hubiese algo de lógica en el pensamiento conservador ultra right wing hardcore, el aborto debería ser legal, libre, gratuito e incluso venir con un groupon de regalo. ¿Notaron que “la vida es sagrada” y “hay que matarlos a todos” generalmente vienen de las mismas bocas? ¿Por qué esta gente se opone a cancelar el nacimiento de personas a las cuales quiere ver muerta al llegar a los 13 años? ¿Tan importante es mantener un hijo no deseado durante esos años? Hasta los hijos deseados son indeseables en ese lapso de vómitos, bullying y preguntas difíciles de responder como “Mamá, ¿qué es un trans?”.

Incluso aquellos que no tienen una posición tomada en este tema podrían sacar provecho de un mundo con menos gente: más chances de viajar sentado en el colectivo, menos colas en el banco y la General Paz menos colapsada a la altura de Tecnópolis.

La negación del aborto, la imposible burocracia de la adopción y los tratamientos para la fertilidad forman una combinación tóxica para la raza humana que desemboca en el mayor de sus problemas: la superpoblación.

La “Redistribución de la Niñez”, como me gusta llamar a este proyecto, no solamente resolvería el exceso de gente dando vueltas e hinchando las pelotas, sino que podría reubicar niños casi inmediatamente y evitar así que los padres adoptivos reciban un pibe antes de que aprenda más de tres canciones de “Pepo y la super banda gedienta”. Y como si eso fuera poco, también pondría fin a la moda de usar llaveros con ecografías 4D, uno de los peores males del siglo XXI.

Nelson Ladoble

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