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DILMA y LULA VS. GOLPZILLA en la isla del Zika

Cuando uno forma parte de una vertiginosa agrupación como Prensa Impresentable, la aventura se vuelve parte de la rutina y el coqueteo con la muerte pasa a ser tan solo un hobby. Por eso, vivir en una Argentina donde la alegría ha triunfado y la calma se respira en el aire de cada mañana puede ser una desilusión para un lobo adicto al peligro como yo.

Esas fueron más o menos las palabras que usé en mi argumento para convencer a la junta directiva de este medio de que debían financiarme un viaje a Brasil para que pueda reportar a nuestro feliz pueblo cómo es el clima de un país que tiene que lidiar diariamente con palabras como “corrupción”, “manifestación” o “caipiroska” y ahora un importante sector exige las cabezas de sus gobernantes.

Luego de algunas opiniones encontradas sobre la realidad nacional, amenazas y golpes de puño, la junta directiva impresentable accedió a facilitarme una tarjeta corporativa para que viaje a San Pablo y haga mi trabajo con las necesidades básicas a su cuenta. Me comprometí a hacer un uso responsable de los fondos e inmediatamente me volqué a mis notas preliminares. Al comenzar mi investigación descubro que en Brasil hay una presidente mujer y el idioma no es el español. Esta nueva información que sale a la luz es abrumadora y sentí la necesidad de distraerme por un rato. Mi vuelo sale por la mañana y el show de Iron Maiden suena como un gasto justificado para estrenar mi tarjeta corporativa. Además tengo que probarla, no sería bueno llegar a un país de lenguaje extraño y descubrir que no tengo dinero.

Subo al avión tarareando una canción de Maiden que me gusta mucho y por supuesto eligieron no tocar en el recital. Son cosas que pasan, tampoco tenía esa canción conmigo y no me fío de esas aplicaciones de musica en linea. Prefiero cargar algunos mp3s en mi celular, a la antigua, como nuestros abuelos solían hacer. Mis próximos días estarían libres de los tentáculos de la internet así que los únicas dosis de sonidos eléctricos provenían de la escueta selección musical en mi teléfono, lo cual era un pequeño precio comparado con la ventaja de estar incomunicado y evadir interrogatorios sobre mi trabajo y alguna que otra cuenta abultada en el resumen de la tarjeta.

Unas bombas de papa con relleno de pollo llamadas Coxinhas se roban mi corazón y parte de mi intestino grueso en el baño del aeropuerto de San Pablo. El ex presidente Lula Da Silva va a dirigirse a una multitud luego de participar en un masivo escándalo de corrupción. Tengo que llegar a verlo, pero yo mismo me veo implicado en un masivo escándalo que me retiene en este cubículo. La tabla del inodoro es acolchada, el único punto destacable de la situación en la que me encuentro. Esta característica aplica a casi todos los baños del país. A juzgar por sus comidas, supongo que es lógico que el baño sea un lugar que cuenta con todas las comodidades posibles.

El calor, la comida y los nervios por no llegar a tiempo son una combinación explosiva pero la pesadilla termina y salgo del aeropuerto en busca de un taxista. Los más pesimistas afirman que llegar al centro puede demorar mucho tiempo, costarme demasiado dinero e incluso la vida. Los más optimistas afirman que los pesimistas están en lo cierto. Intenté hablar portugués y dije palabras en español, solo que lo hice frunciendo el ceño como si eso mágicamente fuera a hacerlo más claro. Agité mi tarjeta corporativa y el más osado de ellos murmuró algo que más tarde interpretaría como “te llevo hasta donde pueda, después arreglate”.

El viaje fue agitado y mi estómago me decía que el asunto con la Coxinha aún no estaba resuelto. La gente en las calles y mi cara de incontinencia convencieron al chofer de que el viaje no podía seguir. Corro unas 10 cuadras con mi equipaje de mano y llego a la Avenida Paulista, donde una lenta desconcentración estaba comenzando. El discurso terminó. La cagué. Otra vez.

Entre los manifestantes veo simpatizantes del PT con sus insignias rojas y a los disidentes agitando sus colores amarillos y globos con la caricatura de Lula tras las rejas. Ambas partes se encuentran en las calles y concluyen su noche tomando una refrescante cerveza en los mismos bares, apenas a unas cuadras de donde ocurrió el discurso. Haciendo uso de mi ceño fruncido que me permite comunicar con los locales, recibo respuestas como “El PT llena la calle porque trae buses con gente paga” y “los de amarillo están elaborando un golpe a Dilma”. ¿Dónde escuché esa charla antes? No importa ahora, tengo que llevar algo a la redacción o voy a tener que pagar por mi entrada de Iron Maiden.

Me siento un poco en falta y como muestra de respeto hacia mis superiores decido pasar mis vacaciones en una isla cercana en lugar de pedirle a la junta que pague por un nuevo viaje. Desde una tele en el puerto veo que Obama está en Argentina y es recibido cálidamente, todo está tranquilo, nadie va a extrañarme en casa.

Ya en la isla, las charlas de política son escasas y la única preocupación son los mosquitos. Todos los humanos de la zona circulan empapados en “Off” y bronceador creando una capa química apestosa que lleva la palabra “repelente” a otro nivel. Pero no quiero centrarme en las quejas, mientras todos se divierten allá con las visitas internacionales yo trato de premiarme en una playa hermosa donde la cerveza cuesta apenas unos reales más que en los supermercados. Podría comparar la sensación de tomar una bebida fría en una playa de arena y aguas claras con tragar cerveza caliente con sobreprecio en una playa fría y ventosa, pero no voy a ser ese turista que cree que todas las playas extranjeras son mejores que las nacionales, ese turista que los académicos denominan CIPLAYO.

Nelson Ladoble

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