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¡A LA PELOTITA!

Agotado, Barack Obama se hunde en el sillón del Salón Oval de la Casa Blanca.

Es 2 de diciembre de 2010, los duros días de Wikileaks, tal vez el escándalo mundial más famoso de nuestra era. El sitio web  Wikileaks sacó a la luz 1.2 millones de cables secretos de la diplomacia estadounidense y Julian Assange, su fundador,  acaba de pedir la renuncia de Hillary Clinton por espionaje. La posibilidad de controlar los daños son mínimas. Tambalea el imperio. Amazon.com, la gigante compañía de comercio electrónico, anuncia el bloqueo a Wikileaks por “fuertes presiones políticas”. La censura es comparada por los críticos a la que China ejerce sobre Google. Obama necesita buenas noticias.

Che Hillary, ¿ya está organizada la conferencia de prensa para anunciar la organización del Mundial 2018 esta noche? Este Julian Assagne me tiene las bolas al plato.

La Secretaria de Estado, Hillary Clinton, mira al piso nerviosa. El horno no está para bollos y la noticia que tiene va a disgustar al Jefe.

No, negro, parece que hay un país que puso más que nosotros y nos birló el Mundial.

El silencio recorre el salón. Hillary se encoge de hombros intentando reducir su masa a la mínima expresión, deseando que una grieta parta la Casa Blanca en dos y la haga desaparecer en ese mismo instante.  Obama tiembla ante la novedad. Una especie de abismo está bajo sus pies. Se le desencaja la cara:

¡¿CÓMO?! ¡¿CÓMO QUE NOS ROBARON EL MUNDIAL?! ¡¿QUIÉN FUE EL ATREVIDO?!

Obama no puede salir de su asombro. Pide que le cancelen todas las reuniones y que lo comuniquen con David Cameron, el Primer Ministro de Gran Bretaña que se quedó sin el Mundial 2018. Después manda a llamar al Fiscal General de EE.UU. y le dice con bronca por lo bajo:

“Esta no se la llevan de arriba”.

ESTA NO SE LA LLEVAN DE ARRIBA

Con esa determinación Estados Unidos decidió meterse con la FIFA.
¿Arriesgado? No tanto. La fortaleza de la FIFA ha sido siempre la construcción de un poder independiente a los gobiernos de los países. Esto fue posible gracias a la eterna amenaza de la millonaria fundación con sede en Zurich: país que interviene la federación local de fútbol o se mete demasiado en los asuntos de la redonda, país que queda desafiliado y no puede jugar mundial y eliminatorias.
Pero esta fortaleza de la FIFA es también su propia debilidad. Al no actuar cobijados por ninguna de las potencias mundiales y con una dirigencia más preocupada por acaparar puestos, coimas y contratos, no fueron conscientes de su propia soledad hasta que fue tarde. Sólo contaban con el favor de los empresarios que comían de sus manos y del periodismo cómplice, que fue tapando los escándalos o dándoles escasa repercusión (Luis Segura, actual presidente de AFA, fue agarrado con las manos en la masa revendiendo entradas con el nombre de los Grondona, Julio y Héctor, en el Mundial de Brasil y el asunto no pasó a mayores). Los periodistas son los primeros en abandonar el barco.

Fue entonces que, envalentonada por una historia de “independencia” e impunidad, la dirigencia de la FIFA se creyó más de lo que realmente es y, en una decisión que todavía genera repercusiones, decidió vender en el mismo acto las sedes del Mundial 2018 y 2022 a los mejores postores: Rusia y Qatar, cargándose en el camino a Inglaterra y Estados Unidos, que querían organizar estos mundiales.

Lo de Qatar fue directamente un papelón: además de su falta total de antecedentes futbolísticos y de las probadas coimas que circularon, en junio, mes de realización del mundial, las temperaturas superan los 50 grados. No hay que ser muy veloz para darse cuenta de que con esa temperatura es imposible jugar a la pelota, pero a los gordos de traje no pareció importarles.

Con la decisión de otorgar los mundiales a Qatar y Rusia, la FIFA, que en 2014 tuvo una facturación anual de 5.740 millones de dólares, quedó en el centro de la tormenta. El periodismo inglés, caliente porque eliminaron su candidatura en los escritorios, puso a parir a la FIFA y a Blatter y desde 2011 viene destapando escándalo tras escándalo. Quedaron expuestos y sin ningún poderoso que los defienda (para leer más sobre los casos de corrupción que vienen salpicando a la FIFA en los últimos años se pueden leer las columnas de Ezequiel Fernández Moores).

Así fue como esa base débil de poder sobre la que funcionaba la FIFA se resquebrajó ante el avance de la justicia norteamericana, que posó el ojo sobre todo esto porque muchos de los dirigentes de la FIFA utilizaron bancos estadounidenses para pagar o recibir coimas. Fue la desprolijidad de los propios dirigentes, demasiado acostumbrados a años de impunidad, y el testimonio del presidente de la CONCACAF, un topo que durante dos años grabó todos los negociados, los que dejaron en evidencia la corrupción total del organismo y la soledad del poder. El caso de Chuck Blazer, el topo de EE.UU. en la FIFA, es elocuente: tras ser expulsado de la FIFA por haber recibido sobornos por más de 20 millones de dólares, incluyendo el premio para los jugadores de Trinidad y Tobago por su participación en Alemania 2006 que directamente se robó, aceptó colaborar con la justicia estadounidense como “testigo protegido” y vender a sus ex cómplices. Todo pasa y todo vale.

Los principales dirigentes del fútbol mundial se encuentran en el banquillo de los acusados. El caso de Nicolás Leoz, el sultán de la CONMEBOL, una especie de Julio Grondona del fútbol sudamericano que tuvo una copa internacional en su honor entre 1993-1996, es bien representativo del nivel de delirio surrealista al que habían llegado los dirigentes del fútbol: Leoz pidió ser nombrado caballero inglés  a cambio de vender su voto a Inglaterra. Los ingleses se negaron, por lo que “Sir” Nicholas Leoz terminó por dar su voto a Rusia.

La justicia norteamericana decidió entonces cargarse a todos estos sujetos. Para ello les aplicó la ley RICO, una norma contra el crimen organizado que se usaba para meter presos a los mafiosos de Los Soprano. Fue una jugada arriesgada, porque aplicaron la ley en forma extraterritorial algo que no queda claro que sea totalmente legal.

Sin embargo, eso no importó. La noticia generó semejante simbronazo político que los detalles técnicos quedaron para otro día. Dirigentes de la FIFA arrestados en hoteles de lujo, alertas de Interpol, persecuciones internacionales, todo hecho de forma espectacular, a la americana, digerido y servido en bandeja en los televisores de cada uno de los hogares del mundo. La FIFA ni siquiera se animó a amenazar a Estados Unidos con desafiliarlos por su intervención.

La jugada de los norteamericano no muestra fisuras. Se metieron con un organismo oscuro, de mala reputación, desprolijo y con un poder inigualable de llegada mediática: el fútbol es el deporte más global del mundo y uno de los mayores entretenimientos que ofrece la televisión. Se metieron con uno que parecía el rey de su selva pero en realidad no tiene ningún poder. Fue como cazar en un zoológico.

Festejan los sponsors, convertidos durante esta acefalía en los dueños del show. Festejan por sacarse de encima a Blatter y a su camarilla, siempre más preocupados por llevarse una buena mordida que por cuidar la imagen del negocio. Ahora sueñan con manejar el fútbol directamente, sin intermediarios. Nike, Coca-Cola, Adidas, McDonald’s y Visa ya avisaron que sus patrocinios están sujetos a que la FIFA “se depure de corruptos”. Lo último que quieren es más competencia.

por Dr. Nevsky

Foto: Sean

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