Type & hit enter to search
lili

EL CAPITALISMO MATÓ A MI PADRE Y VIOLÓ A MI HERMANA

Veo a mi lado un poste de señalización vial decorado con ocho papelitos que muestran dos nalgas redondas, un teléfono, una dirección, la promoción “ÚNICAS”, y algo que nunca había visto en diez años de trabajar en el centro: sobre el muslo de la mujer un pequeño cartel en azul que reza “Trabajo sexual no es igual a tratas de personas” (SIC).

Inmediatamente recuerdo que esta mañana no es como cualquier otra, que hoy es la marcha #Niunamenos y que todo un proceso que cobró mayor intensidad con la aprobación de la Ley de femicidos en 2012 llega a esta tarde a Plaza Congreso. Y a este papelito que por masividad mediática o falta de clientes debe hacer esta aclaración.Trato de liberarme del miedo y la rabia que siento cada minuto de mi vida cuando innumerables cosas pasan sobre mí sólo por ser mujer, pero  todo me demuestra que queda demasiado por hacer.

Ese papelito se defiende con palabras, cambia unas por otras y logra un argumento para justificar algo enorme e histórico, como propone Sonia Sánchez, la etiqueta ‘trabajadora sexual´ maquilla la violencia porque la palabra trabajo dignifica. Y en este ejemplo microscópico de papel que ya está hecho una piedrita, doblado en mil partes después de arrancarlo y cruzar la calle, están también los medios de comunicación y las redes sociales. Hasta Tinelli y Susana promocionan esta convocatoria.

Susana somos todas

La historia de la mujer es silenciada hasta nuestros días en los medios, las escuelas y universidades, así como también es el mayor ejemplo de dominación histórica. Los filósofos han hablado mucho del amo y el esclavo, o del obrero y el patrón, pero nada de la relación de dominación más antigua y permanente de la humanidad, la del hombre sobre la mujer. Naomi Wolf, escritora y periodista estadounidense, considera que a pesar de las conquistas que el feminismo obtuvo en el ámbito de la propiedad y los derechos civiles, la mujer occidental aún se encuentra sometida bajo la más fuerte de las representaciones: el canon de la belleza física. Según Wolf, en la historia hubo tres imposiciones diferentes sobre la construcción de lo femenino. La primera comienza en la Edad media con la virgen María, que es por sobre todas las cosas madre, es decir, abnegación y sacrificio. La segunda con la Revolución industrial y los cambios que produjo en el ámbito del hogar, dejando a la mujer sola en el cuidado de los niños, dedicada a la costura y disfrutando hasta el hartazgo del inacabable trabajo doméstico. Y por último, la de hoy, ya sin leyes que nos detengan, cuando ya ni la Iglesia puede hacernos permanecer en el reducto doméstico, nos difunden masivamente imágenes que nos imponen modelos de belleza inalcanzables, que en el afán de obtenerse no permiten a la mujer centrarse en otras batallas.

Este último período corresponde, según Naomi Wolf, al “Mito de la belleza”, que lejos de regular sólo parámetros estéticos regula también los comportamientos. La sociedad que encarna el mito considera que la juventud (y hasta hace muy poco la virginidad) son “bellas” porque representan la inexperiencia sexual. Por lo tanto, el envejecimiento de las mujeres nunca será considerado “bello”, justamente porque las vuelve más poderosas y más sabias. Estas concepciones del mito promueven una competencia femenina encargada de dividirlas. Según Wolf, “el eslabón entre las generaciones de mujeres tiene que ser continuamente roto: las mujeres viejas les temen a las jóvenes, las jóvenes les temen a las viejas, y el mito de la belleza trunca para todas el conjunto de la vida femenina

Todo esto no solo es impuesto sino que a la vez es reproducido cotidianamente por nosotras mismas. Viaja en los comentarios cada vez que estoy en el trabajo o en la facultad y me dicen (o digo): “Ay, qué cortito ese vestido, qué linda estás” y hablamos del cuerpo femenino con el idioma del patriarcado, con toda inocencia porque, claro, “somos mujeres”, pero no, somos mujeres con etiquetas machistas, condenatorias, dispuestas a pulverizar algo que ya no sabemos bien qué es pero que podríamos denominar como el orden de las cosas: hablar de otras mujeres es lo que hacemos las mujeres.

Tinelli somos todos

Sigo caminando y a medida que avanzo voy mirando las baldosas para tratar de evitar lo obvio. Muy cerca de mí un aliento oscuro dice “Qué culo, qué tetas, qué cortito ese vestido, qué linda estás”, . Son hombres que en la calle levantan la vista en distracción para hablarme porque mi cuerpo es de su opinión, un objeto, particularmente sexual. Machos que solos o frente a otros machos deben, en el trabajo, en el bar o en el ámbito que sea, reafirmar su masculinidad. Tony Porter, activista y educador, considera que a los hombres desde niños se les ha enseñado que ellos mandan, lo que significa que las mujeres no, que los hombres guían y que las mujeres deben hacer exactamente lo que se les dice, que los hombres son superiores y las mujeres inferiores, que los hombres son fuertes, y las mujeres son débiles. En base a estas ideas transmitidas desde la primera infancia es que construyen su identidad sexual. Porter agrega que los hombres deben también “ser duros y fuertes, valientes y dominadores, sin dolor, sin emociones, a excepción de la ira, y definitivamente no tener miedo” y que estos comportamientos forman parte de “la socialización colectiva del hombre, mejor conocida como ‘The men box’ (kit de masculinidad)”.
Entonces, como cualquier día de mi vida desde que tengo 12 años, estoy sometida a esta reafirmación de la hombría que hoy toma la forma del acoso callejero, pero que mañana puede ser el femicidio, el abuso sexual o la prostitución. Sobre esto último Beatriz Gimeno, escritora y militante de los derechos de LGTB, ha dicho que en la prostitución los machos intentan “destruir la idea de igualdad, reforzarse unos a otros en la fantasía de superioridad masculina. No buscan sexo, porque el sexo ahora es gratis, fácil y está al alcance de cualquiera.” El negocio de la prostitución que había entrado en un declive en la década del 60, ha crecido en los últimos años de manera exponencial con el cambio de paradigma económico: “La política sexual del neoliberalismo compensa a sus precarios trabajadores a los que paga como si fueran mujeres, con la posibilidad de reafirmar su precaria masculinidad mediante el uso de mujeres que el sistema ha puesto a ocupar la categoría de puta”, en palabras de Gimeno.

Entro al trabajo, ya sintiéndome violentada por todo lo que tuve que ver y pasar para llegar hasta acá, y aún sigo sin estar a salvo porque me subo al ascensor y uno de los jefes de todo aquello mira, con su desprecio pajero y político , mi cuerpo con toda impunidad, porque acá soy yo la explotada, precarizada doblemente por ser mujer. Y pienso en toda esta grela que hacen los medios, en las redes que banalizan la marcha, en que el pajero de Tinelli y la consumista de Susana salen a hablar, porque si no se les cae el negocio de vender medias y culos, y que así como estos dos referentes argentinos somos todos cuando decimos “hacete hombre” o “es una puta” entre otros miles de pensamientos  que ya e es tiempo de condenar, porque no basta con Facebook, hay que cambiar todo lo que hoy conocemos como mundo. Jackson Katz, educador y escritor, dice: “El mismo sistema que produce hombres que abusan mujeres produce hombres que maltratan a otros hombres”. Entonces estamos ante la misma cruzada: el hombre presa del macho, la mujer víctima de su machismo. Parece que al final otra vez no nos dimos cuenta, pero el macho más macho es el capitalismo y nos sodomiza a todos.

 

Malas Lecturas

imágenes: Barón B

Comentarios en Facebook