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LOS NADIES DEL TERCER MUNDO

Obligados a emigrar fuera de sus países por conflictos políticos o económicos, los refugiados rearman sus vidas en lugares donde no son bienvenidos. Crónica del Dr. Nevsky desde un campo de refugiados en Nepal.

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Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre,
muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.
GALEANO

UNA DE EXTRATERRESTRES

JOHANESBURG, REPUBLICA BLANCA DE SUDAFRICA – 1986. Miles de negros, valientes y decididos, se lanzan a la calle para tirar abajo el injusto sistema de segregación racial que los condena a la marginalidad en su propia tierra. Los blancos, por su parte, se niegan a dejar de lado el Aperheid (que en afrikaans significa “separación”). Por esta razón, Sudáfrica es boicoteada internacionalmente y es considerada por el resto de los países africanos una vergüenza continental. Mientras todo eso sucede, una nave extraterrestre se posa sobre la ciudad. Hay pánico.

Pasan las horas y la nave no se mueve. No bajan aliens, ni se escucha música celestial o destrucción. Pasan los días también, nada sucede. Hay incertidumbre. Tras largas deliberaciones, el gobierno decide abordar la nave y entrar por la fuerza. Lo que encuentran dentro desconcierta: son millones de seres extraterrestres en estado grave de desnutrición y abandono.

Desde Pretoria llega la orden de trasladarlos a un campo de refugiados improvisado en el desierto. Millones de extraterrestres son hacinados en precarias tiendas de campaña. “Los ojos del mundo estaban posados sobre lo que estaba pasando en JOHANESBURG, así que tuvimos que hacer las cosas lo mejor que podíamos”, contaba en ese momento con orgullo un ministro sudafricano a la televisión sueca.

Pronto queda en evidencia que no existe ningún plan de contención o integración. Militarizan el campo y lo cercan con fuerte custodia militar. De un lado quedan los refugiados y del otro continúa la vida normal. Un nuevo muro se construye para separar la gente de bien de los pobres diablos que habitan al otro lado, agregando otro hito a la prolífica y triste historia humana de segregación, como antes fuera el muro de Berlín, el muro norteamericano en Texas, el muro griego que separa la Union Europea de los turcos o el muro antichorro de Gustavo Posse en San Isidro.

Un ofensivo sobrenombre se inventa enseguida para describir a los extraterrestres: se los trata de “langostinos” (prawns en inglés), un mote que pronto carga con la misma estigmatización que tiene la palabra “villero” en nuestra sociedad. El langostino se convierte pronto en un ser inhumano que no quiere integrarse a una sociedad que tampoco le ofrece un lugar. No se generan en la gente sentimientos de identificación con los visitantes interplanetarios y la sociedad, fogueada por los medios de comunicación, rechaza la idea de que los extraterrestres sean iguales a los seres humanos. Festeja Feinmann y la troupe neodarwinista. Una ley de emergencia pone a los extraterrestres en el mismo nivel que a los animales. Nuevos tiempos, nuevas discriminaciones.

Humanos blancos, negros, a esta altura son detalles que no importan: las divisiones pasan por otro lado. “Se gastan millones de dólares en mantener a los langostinos cuando podrían gastarse en otras cosas más importantes. Al menos los mantienen lejos nuestro”, dice a la RAI italiana una empleada de supermercado, replicando el discurso que hasta hace poco se usaba contra los delincuentes. “Los langostinos son todos ladrones, no quieren trabajar. Es algo cultural, no creen en el esfuerzo”, tira un comerciante, repitiendo prejuicios que ya Sarmiento disparaba contra los gauchos. “Si fueran de otro país entendería que se los ayude, pero ni siquiera son de este planeta”, opina un ciruja de Ciudad del Cabo.  La sociedad es dinámica: los marginales de ayer no dudan en subirse a la cruzada contra los extraterrestres, el nuevo eslabón débil.

LA VIDA MISMA O CUANDO LA REALIDAD IMITA A LA FICCIÓN

(El drama de los refugiados)

“El refugiado es un mensajero del infortunio”

BRETCH

Con esta historia de extraterrestres encerrados en Sudáfrica empieza Sector 9, una película sudafricana producida por el neozelandés Peter Jackson, director de El Señor de los Anillos. Podríamos creer que es una historia más de ficción, si no fuese muy similar a la realidad diaria de gran parte de los 51 millones de refugiados que hay en el mundo. Nunca antes hubo tantos refugiados, ni siquiera tras las guerras mundiales. Todos estas personas son auténticos nadies del tercer mundo, porque la guerra moderna ya no se desarrolla en los países centrales sino en la en la periferia.

Miles y miles de personas huyen cada año de sus hogares, desplazados por la falta de oportunidades en su tierra o los conflictos armados, para luego ser encerrados en campos de refugiados sin ningún derecho de queja, como sucede con los africanos que son detenidos cuando ingresan en territorio europeo. Muchos de ellos ni siquiera tienen la suerte de sobrevivir a la huida. Sólo en el Mediterráneo, la fosa común más grande del mundo,  murieron 19.000 personas en los últimos años tratando de buscar un futuro mejor. Son incalculables, en cambio, los cientos de miles que fallecieron cruzando los desiertos de África y Asia.

A pesar de lo que dice la Convención sobre el Estatuto de Refugiado, que otorga a los refugiados un montón de derechos que se desvanecen en la realidad, los que son encerrados en estos campos de concentración modernos no pueden trabajar, elegir autoridades, no pueden cambiar de barrio ni construirse una casa. No tienen los derechos básicos que se le reconocen a todo el mundo. Esperan a que se destrabe el conflicto. Esperan días, meses, años.  Tan sólo les queda esperar.

Mientras tanto, ¿quiénes financian los enfrentamientos que obligan a los refugiados a escapar a otros países? ¿Quiénes venden las armas con las que se desangra África y Medio Oriente? Según el ranking 2012-2013 elaborado por el Stockholm International Peace Research Institute, de los 6 países que más vendieron armas en el período, 5 de ellos son los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (Estados Unidos, Rusia, Francia, China y Gran Bretaña), es decir, los encargados de asegurar la paz mundial. Algo huele mal.

UNA HISTORIA ENTRE MILLONES

POKHARA, REINO DE NEPAL  – PRESENTE. Sin ser reconocidos como ciudadanos, tal como los  extraterrestres de la película, viven los tibetanos refugiados en Nepal que tuvieron que huir de sus hogares por el conflicto que enfrenta al Tíbet y al gobierno central de China.

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En Tashi Ling vive Alan, un refugiado de 32 años de edad que comparte pedazos de su historia mezclada con canciones tibetanas al compás de su guitarra.  Alan no nació en el Tibet sino en Nepal, en este campo de refugiados construido en 1951, cuando el gobierno nepalés aceptó acoger a los tibetanos perseguidos por China. Sus padres llegaron a Pokhara, antes de que él naciera, en una de las primeras oleadas de desplazados. Una vez instalados recibieron documentos.

Alan no tuvo la misma suerte al nacer 20 años después. Como el contexto internacional había cambiado, Nepal decidió no entregarles documentos a los hijos de los refugiados por miedo a contrariar a China. Los derechos más básicos le fueron negados: no es reconocido ciudadano ni por Nepal ni por China. Alan es un indocumentado. Un ciudadano sin tierra. Al no tener papeles, se ve obligado a ganarse la vida como comerciante. Compra mercadería en la India que luego revende en Nepal. Para pasar la frontera sin pasaporte debe sobornar a las autoridades fronterizas a la ida y a la vuelta.

A pesar de la frágil situación de los refugiados tibetanos indocumentados, cuesta verlos en peor situación que los otros 60 millones de personas que habitan Nepal, un país sin oportunidades donde la mayor posibilidad de escapar de la pobreza es alistarse como mercenario gurka al servicio de los ingleses. Es como si todo Nepal fuese un gran campo de refugiados, atrapado entre dos gigantes como China y la India. El capitalismo de Nepal podría ser definido como un equitativo capitalismo de pobres.  Para darse una idea, la distribución de la riqueza en Nepal es similar a la de Canadá. El problema es que en Nepal no hay nada para repartir.

De todos modos, Tashi Ling no es un lugar donde la gente vive en condiciones de hacinamiento como sucedía con los langostinos de Sector 9 o mismo como sucede fuera del campo de refugiados, en la ciudad de Pokhara. Por el contrario, es un lugar agradable, de pequeñas casas coloridas que dan a un potrero con arcos de fútbol, donde durante el día pastan las vacas y a la caída del sol se llena de tibetanos que disputan cada pelota como si fuera la última.

Mientras Nepal no se haga cargo de los tibetanos que habitan en su tierra y les entregue documentos, los refugiados temen la posibilidad ser deportados de un día para otro. La situación es cada vez más delicada. China presiona a Nepal para que los expulse de su territorio y no son pocos los casos de arrestos masivos de tibetanos. Por el aumento de la violencia contra su comunidad, muchos quieren dejar sus hogares para huir a Estados Unidos o Inglaterra. Para lograrlo tendrían que esquivar sin documentos patrullas fronterizas, puestos de guardias, balas y otros obstáculos en varios países distintos.  Una total utopía.

Sector 9, la película sudafricana, termina cuando un extraterrestre logra volver a la nave y vuela a casa en busca de ayuda para el resto de su especie. Y es ahí es cuando la realidad supera a la ficción. Nuestros langostinos, los desplazados por los conflictos políticos y económicos alrededor del mundo, no tienen un lugar seguro al cual ir, otro planeta al cual volver. Son de este planeta, de la misma tierra y raza que el resto de nosotros. Aunque se los encierre como animales sin derechos; aunque sean obligados a vivir sin futuro y sin esperanza.

por Dr. Nevsky

Fotos: Valeria Soledad

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