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EN BUSCA DEL NARCO PERDIDO

Cocaína, guita y poder. Una cirugía al corazón de la jungla donde nació el narcotráfico y el consecuente crimen organizado que lo llevó a cabo. Desde el cine todo queda en evidencia: la historia, la pobreza desmedida y los estados parapoliciales que necesitan que esto nunca se termine.

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¿Cómo decir que no al dinero fácil? Eso podría pensar un narco, pero lo mismo se podrían preguntar actores y directores que trabajan en bodrios del cine que nadie mira. O peor aún, en películas que asesinan el cerebro. Calculo que esa es la pregunta y todavía no le encuentro respuesta.

Pablo Emilio Escobar Gaviria pareció resucitar de su muerte 20 años después y más verraco que nunca: el espíritu de este querido hijo de puta otra vez regresa allí en todos lados donde suene el acento paisa de Antoquia con sus “Hágale, pues”, “¿Vos qué te pasa?”, “No me mame gallo, “Momentico”, “¿Qué hubo?” y muchos más modismos con los que no estábamos familiarizados. Antes de que existiera toda esta historia, a estos paisas colombianos ya les gustaba el tango, leer el Padrino, ajustar cuentas a lo varón y ser bandidos. Para destacarse en esa sociedad había que robar, matar o traficar. Pueblo condenado el colombiano, no sabían que la boca del infierno estaba abierta ahí.

La caja de Pandora la abrieron en Colombia y la muerte se volvió costumbre para el pueblo. El crecimiento de la ciudad de Medellín se dio al mismo tiempo que la decadencia de la industria regional. En ese contexto, el tráfico ilegal fue una salvación. En una tierra donde el paisaje se pierde en un horizonte de pobreza, los narcos fueron reyes. A medida que pasaba el tiempo y el negocio se expandía, el presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, daba el visto bueno a la creación de la DEA (Drug Enforcement Administration) para administrar todo este asunto. Se dice que a la DEA la inventaron para combatir la heroína que venía del sudeste asiático, pero oportunamente también se dedicaron a desmantelar a los cárteles colombianos, lo que provocó el ascenso de los capos narco en México.

Pablo vivió la época de oro del narcotráfico, una era que él y sus amigos inventaron, cuando el dinero brotaba de la tierra y los sueños irreales no eran tales. Construyó en su hacienda Nápoles un paraíso superior al Neverland de Michael Jackson, para andar en jetski por su pileta, en aerobote por sus lagos y en avioneta por sus cielos. Pero para algunos narcos el dinero no era nada sin fama y para otros ser famosos no era nada sin poder. Así fue que este petiso resentido y revanchista social se lanzó a ser presidente y llegó a ser diputado, para que toda su visión de futuro se nublara a medida que el periódico El Espectador publicaba cada vez más notas sobre sus actividades ilícitas y sobre la dudosa procedencia del dinero de sus campañas y la construcción de casas y canchas de fútbol en los barrios más carenciados.

Pablo vivió la época de oro del narcotráfico, una era que él y sus amigos inventaron, cuando el dinero brotaba de la tierra y los sueños irreales no eran tales.

A partir de ahí, en Colombia se desató una nueva guerra sin frentes definidos, donde la población civil pagó las consecuencias. Estos diez años de terror pueden recordarse de una manera muy resumida y un poco desordenada, en la que el cártel de Medellín al mando de Pablo ordenó el asesinato del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, el de Guillermo Cano, director de El Espectador, mientras que secuestraron a los hijos de los ricos, financiaron la toma del Palacio de Justicia, ejecutaron políticos y magistrados, colocaron bombas en los lugares más concurridos, volaron el edificio del DAS, pusieron precio a la cabeza de los policías, hicieron explotar un avión en el aire y asesinaron a Luis Carlos Galán, el presidente que todos querían ver hacer historia.

En esta organización criminal participaron Pablo junto a su primo y alma gemela Gustavo Gaviria, su hermano El Osito, Gonzalo Rodriguez Gacha -alias El Mejicano-, los hermanos Juan David, Jorge Luis y Fabio Ochoa, La Reina de la Coca Griselda Blanco, el rockero Carlos Lehder y otros clanes familiares como los Galeano, los Moncada y los Castaño. Juntos provocaron el crecimiento desmesurado de una economía que no estaba preparada para recibir miles de millones dólares nunca antes contemplados a facturar en esas tierras. Modificaron el paisaje y la manera de buscarse la vida para los trabajadores. Al mismo tiempo, la existencia del paramilitarismo y el desarrollo de las varias guerrillas que permanecen hace décadas en la selva colombiana, tienen total implicancia con la existencia del narcotráfico. Juan Manuel Galán, hijo del político asesinado, escribió en una oportunidad que “más que una lucha de un grupo de delincuentes contra la posibilidad de ser juzgados en otro país, fue la expresión más violenta del intento de una clase social por ser reconocida y por encontrar un lugar en la sociedad colombiana”.

El narco cine de vanguardia

Para el año 1983, en los medios de comunicación se había vuelto demasiado obvio que un narcotraficante pensaba en llegar a la presidencia del país. Qué puta suerte, Pablo Escobar perdió su carrera política para no recuperarla más y casi al mismo tiempo se estrenó en los cines Scarface, dirigida por Brian De Palma, cinta en la que Al Pacino metía una y otra vez su cabeza en merca pura y se volvía inmortal a las balas. Tony Montana era tan malo que mató hasta a su mejor amigo Manny porque se cogió a su hermana antes que él. Es una escena triste, ya que su hermana y su amigo se habían casado. Cualquier queja por la muerte de Manny Rivera diríjanla a Oliver Stone que escribió el guión mientras se recuperaba de su adicción a la cocaína. Pero no todo fue su culpa, Scarface se basó en el filme del mismo nombre de 1932 que fue dirigida por Howard Hawks y producida por “el aviador” Howard Hughes. Lo de matar al amigo por acostarse con la hermana ya estaba ahí, pero a diferencia de su remake, la Caracortada original trata sobre un mafioso italiano llamado Tony Camonte.

¿Cómo olvidar el romance que tuvo el cine americano con las mafias italianas? El impacto que tuvo El Padrino en las mafias colombianas cuando se estrenó en 1972 fue difícil de predecir. Muchos de los bandidos ya habían leído el libro de Mario Puzo, pero el Padrino en el cine, dirigida por Coppola, era un espejo demasiado grande y hermoso como para no intentar reflejarse en él. El fanatismo fue tal que antes de que Griselda Blanco bautizara a su cuarto hijo Michael Sepúlveda Blanco, el tío de la criatura por parte del padre, sin consultar, lo bautizó Michael Corleone. Ella cambió los documentos, pero al día de hoy se cree que lo bautizaron Michael Corleone Sepúlveda y el mito no se desvanece a pesar de que el propio Michael en persona contó la verdad en la radio.

Sin embargo, las diferencias entre la mafia colombiana y la italiana eran profundas. Los de Medellín, Cali, Bogotá y alrededores supieron ser más duros que ninguno para desplazar la competencia. Asesinaban por encargo en todas partes del mundo y siempre fueron ingeniosos a la hora de inventar nuevas maneras de traficar sus narcóticos. Pero nunca supieron (más bien no quisieron) imitar la fidelidad a la mujer que pregonaba el Padrino interpretado por Marlon Brando, ni aprovechar la asesoría y confianza que brindaba un consiglieri como el que interpretó Robert Duvall, ni se rodeaban de gente instruida, sino de sicarios pendejos que los alentaban a cometer sus locuras porque con eso ganarían más dinero fácil.

Es así que los miembros del hampa siempre resultan ser inmigrantes, sean cubanos, mejicanos, colombianos o italianos. Es decir, alguien que viene de fuera de las fronteras a ejercer el mal. Scarface fue el paradigma del traficante latino que por esos días ostentaba su fortuna en Miami. Mucha sangre, horror y dinero en la pantalla grande y apta para más de un público con la esperanza de que todos conozcan la verdad sobre los narcos y sepan identificarlos cuando se habla sobre sus crímenes en el noticiero.

Al Pacino contó en una entrevista que parte de la personalidad de Tony Montana la tomó de la actitud leonina que mostraba por esos años el boxeador panameño Roberto Durán. Así que, una vez aprobado el antagonista inmigrante, violento, drogadicto y asesino fue bien elegido el escenario para la película, dado que los narcos realmente residían en Miami, cártel de Medellín incluido, por ser una ciudad sin memoria. Miami fue construida sobre un pantano y fundada en 1896. Más de un siglo después, la ciudad todavía corre el riesgo de que sus shoppings y restaurants se hundan en el agua a causa de sus cimientos porosos. Algo de lo que podemos ver en el documental Cocaine Cowboys (2002) y su secuela Cocaine Cowboys 2 (2006), tiene que ver con que en Miami no existían familias pudientes y de tradición aristocrática que reclamaran ser dueñas de la ciudad cuando los narcos se apoderaron de ella. Se hicieron pasar por hombres de bien que llegaban a invertir su capital en el país y los Estados Unidos les entregaban la VISA. Fue ahí que los setentas se volvieron ochentas a puro asesinato y sustitución de marihuana por cocaína.

En la película Blow de 2001, dirigida por David MacKenna y protagonizada por Jhonny Depp, Pablo Escobar aparece como tal vez a él le hubiera gustado verse en vida: más alto y más esbelto. Cliff Curtis, el actor neozelandés que lo interpretó, mide 1,84m y es más flaco, mientras que Pablo medía alrededor de 1, 66m y desde sus 30 años cargó con una panza obesa que le obligaba a tener que subirse los pantalones. También lo retrataron con su clásico bigote pero con su pelo curiosamente peinado a su lado izquierdo, en vez del derecho que usó casi toda su vida. La deformación de su imagen forma parte de su mito. En la misma película, que narra la vida del narcotraficante estadounidense George Jung, aparece el personaje de Diego Delgado, interpretado por el actor español Jordi Molla y basado en Carlos Lehder, narco que cofundó el cártel de Medellín y que permanece preso en una cárcel de Estados Unidos luego de ser extraditado en el año 1987. Sus socios no lo soportaban por su carácter volátil agravado por el consumo de drogas. Además de la merca, le gustaba ser promiscuo y bisexual, disfrutaba de los libros, el rock, la política, el periodismo, el fascismo y su estatua de John Lennon baleado al desnudo.

Tanto en Buenos Muchachos (1990) como en Casino (1995), Martin Scorcese muestra por momentos cómo la cocaína hacía estragos en la mente de los principales mafiosos italianos. En el Lobo de Wall Street (2013) el director vuelve a mostrar de manera explícita cómo se maneja el vicio en su país, al contar la historia de un extravagante multimillonario llamado Jordan Belfort que hizo su fortuna en los 90. Al parecer, poca gente en el mundo tomó más falopa que los laburantes de Wall Street. Este Lobo de la Gran Manzana escribió un par de libros después pasar tres años jugando al tenis en la cárcel a causa de sus negocios. Ahí cuenta que era adicto a la cocaína, a los Quaaludes, al sexo y, sobre todas las cosas, al dinero. La película muestra a magnates que viven mucho más allá que las estrellas de rock, rodeados de prostitutas, drogas, alcohol, mientras sus cerebros empastados de frula deciden el destino de la humanidad desde su barco u oficina. Si miran la película y comparan, verán que la orgía con 30 prostitutas que organizó Belfort en un avión rumbo a Las Vegas para su despedida de soltero, no es muy diferente de las fiestas que pueden llegar a tener los narcos del cine y de verdad.

Es así que los miembros del hampa siempre resultan ser inmigrantes. Alguien que viene de fuera de las fronteras a ejercer el mal.

Hipopótamos, lobos, ovejas y leones

Pablo amaba a los animales. En la hacienda Nápoles funcionaba un zoológico público con avestruces, rinocerontes, jirafas y sus queridos hipopótamos, la primera especie que hizo traer. Sin embargo, no le agradaban los perros ni los gatos, mucho menos los leones y los tigres que tenía como mascotas El Chapo Guzmán, actual máximo jefe entregado a las autoridades en otra parodia “HollywooDEAnse”.

Resulta que los narcotraficantes son parecidos a los hipopótamos, en que son gorditos y lampiños, extremadamente agresivos, más fuertes que inteligentes y en que su perdición son el territorio y las hembras. El colombiano Antonio Von Hildebrand dirigió la película Pablo´s Hippos (2010) para trazar un paralelo entre estos animales originarios de África sueltos en la selva colombiana y el accionar narco. “Cuando el líder de la manada es viejo, llega otro y lo mata para tomar el liderazgo, como los narcos. Matan de inmediato a cualquiera que se les cruce en el camino, como los narcos. Son paranoicos, como los narcos” (Diario El País 01/03/11). El seguimiento que hace de los hipopótamos que se fugan de la hacienda Nápoles en ruinas, nos recuerda al Pablo fugitivo que se comportaba como una rata rabiosa acorralada, que al mismo tiempo huía mientras su imperio se derrumbaba. Un rostro que encontró al verse en el reflejo del espejo que le propuso la DEA, cuando lo nombró el criminal más peligroso del mundo y lo culpo de lo que hizo, lo que no, y de lo que hacían los demás.

Existe otra película del mismo nombre, pero más corta, dirigida por Mónica Pinzón y Jefferson Beck. En ella entrevistan a un campesino que vio a un hipopótamo matar a otro en una pelea. El entrevistado dice que le hizo una especie de necropsia superficial al animal muerto, donde vio cómo el otro hipo le había comido el corazón y parte del hígado de un mordisco. El campesino también cuenta que le cortó una pierna, la cocinó y se la comió; aseguró que la carne era deliciosa y mejor que la de res, por lo que le vendió una parte a un restaurant. Por otro lado, Julia Miranda, Directora de los Parques Nacionales de Colombia, explica en el documental cómo el desarrollo del narcotráfico contamina el ecosistema de la región. Queman bosques en busca de suelo donde plantar coca y amapola, a las cuales les agregan grandes cantidades de químicos que abastecen con agua de los ríos que a su vez contaminan. Luego el gobierno fumiga esas zonas para destruir los cultivos pero lo único que logra es dañar aún más la ecología. Por último, en su entrevista agrega: “Mientras nosotros no le solucionemos la forma de ganarse el pan a miles de campesinos que están sembrando coca, no va a haber manera de eliminar el cultivo ilícito”.

En su tierra natal, los hipopótamos provocan la mayor cantidad de muertes de civiles, como los narcos. Gracias a Pablo Escobar, parte de esta especie vive salvajemente en Latinoamérica. Algunos machos que viven en Colombia fueron expulsados de la manada y buscan hembras desesperadamente sin éxito. Comen ganado y destruyen todo a su paso. En la película de Von Hildebrand se puede ver la foto de un hipopótamo muerto rodeado por sus cazadores y otra del cadáver de Pablo en el tejado rodeado por el bloque de búsqueda. Además, hay una animación dibujada por Antonio Caballero en la que Escobar monta un hipopótamo y recorre la ciudad disparando sus armas al aire. Una metáfora siniestra llena de ironía que sirve para entender el delirio de poder que tuvieron aquellos que se atrevieron a hacer lo que Vito Corleone nunca quiso para su familia: traficar drogas y perder sus privilegios políticos.

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Entonces, si los hipopótamos son los narcos y le temen al rey de la selva, el León en esta historia fue Luis Carlos Galán, por ser un político con pelotas que se quiso enfrentar a ellos. Su vida y su carrera respaldaban sus palabras y el pueblo colombiano confiaba en él. Para el año 1989 las encuestas lo daban como ganador de las elecciones presidenciales con el 60% de los votos. Pero Pablo y sus amigos, especialmente El Mejicano, lo querían muerto hace rato.

A Galán lo mataron igual que a dos grandes líderes de la historia de Colombia. Uno fue Rafael Uribe Uribe (así de lejos llega el asunto del doble apellido en Colombia), que vivió entre los siglos XIX y XX y participó de tres guerras civiles colombianas. Como político promovió ideas del socialismo europeo y fue precursor en la ayuda social a los trabajadores. En 1914 murió asesinado por dos carpinteros. El otro caso lo protagonizó Jorge Eliécer Gaitán, político que se desempeñó como alcalde de Bogotá y ministro de Educación y de Trabajo. Al igual que Uribe, Gaitán también defendió a los trabajadores y fundó el partido Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria (UNIR), que luego fue integrado al Liberalismo, dado que en Colombia siempre gobiernan los Conservadores y los Liberales alternadamente sin excepción.

Gaitán fue asesinado el 9 de abril de 1948 sin llegar a ser presidente cuando todo indicaba que sería así en las elecciones siguientes. Las violentas protestas que le siguieron a su asesinato fueron conocidas como El Bogotazo. Gaitán murió asesinado, la gente linchó al asesino e intentó tomar la residencia presidencial. Varios tanques de guerra dispersaron a la multitud y masacraron a 300 personas. Las guerras continuaron; al año siguiente nacería Pablo Escobar para crecer en una tierra plagada de muerte, donde se colgaba a los traidores en las plazas y los niños podían conocer el color amarillo que deja la muerte en la piel, sin dejar de sentir el olor nauseabundo que emana un cadáver al pudrirse.

Galán admiraba mucho a Gaitán y junto a Rodrigo Lara Bonilla siguió los pasos de su referente para fundar el Nuevo Liberalismo, partido con el que compitió para la presidencia, al tiempo que se convertía en revelación. Una vez reintegrado en las filas liberales, tuvo el mismo destino que Gaitán: los Lobos, adictos al dinero, y los Hipopótamos, adictos al poder, decidieron asesinar al León. Para eso utilizaron a sus ovejas, que lo ametrallaron en la tarima de una evidente trampa mortal. Esta conspiración fue auspiciada por varios cárteles de droga y políticos opositores. De todas las balas que impactaron en su cuerpo, sólo una penetró su chaleco antibalas. Eso alcanzó para que Galán se desangrara mientras lo paseaban por la calle sin llevarlo a un hospital. Con la noticia de su muerte, las hienas rieron.

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En la serie Escobar: El patrón del mal retrataron el asesinato de una manera espectacular. Mezclaron imágenes reales con música triste e informativos radiales que trasmitían una y otra vez la noticia de otro destino que se escapaba para Colombia. Y ahí parece confirmarse que el protagonista de esta historia no es Pablo Emilio Escobar Gaviria, sino Carlos Galán, el bueno de la película. Pablo simplemente fue su insoportable archienemigo.

Final abierto y secuelas millonarias

Se piensa que la entrega del Chapo fue un montaje mediante el cual negoció su no extradición. De la misma manera parece ser que meses antes de ser extraditado en el año 2000, luego de estar preso desde 1993, fue liberado a propósito y no por corrupción. Dice la leyenda que las autoridades fraguaron una supuesta fuga de una cárcel de máxima seguridad, que La DEA le dio el carácter mítico que el Chapo necesitaba para enfrentarse a otros narcos más sanguinarios que él. Volvió al ruedo, comandó el Cartel de Sinaloa, y se tuvo que enfrentar al cártel Beltrán Leyva y al de los Zetas, ex militares de elite que hicieron su propio negocio sangriento en el mundo de las drogas y el tráfico de personas.

Esta capacidad de negociación es la que siempre persiguió el cártel de Medellín, una vez convertidos en prófugos y rebautizados como el grupo de Los Extraditables. Su principal miedo era estar presos en una pequeña celda de 2 metros cuadrados, cerca de Lehder, y no en una cárcel en su país a la que pueden comprar con su dinero como hacen todos los millonarios presos del mundo. Por eso negociaban de igual a igual con el Estado. En sus cabezas, su accionar no era muy diferente del de los gobiernos que impulsan guerras y causan daños colaterales. Para esta forma de pensamiento, un sicario no es muy diferente de un francotirador al que le pagan por ejecutar un objetivo en una operación encubierta; solo que para ellos serían narcotiradores. Los extraditables no se enfrentaban nunca cara a cara con el sistema, le escapaban, le tenían miedo, a morir mandaban a ovejas que convencían con una buena paga.

Algunos colombianos no tan triunfalistas piensan que no fueron tan bravos como decían o creían que eran, porque se rindieron a Pablo Escobar cuando lo dejaron alojarse en una cárcel construida por él a la que bautizaron La Catedral. Sintieron vergüenza cada vez que se hablaba que desde allí se manejaba el narcotráfico, mientras que la policía custodiaba al Zar de la droga y lo cuidaban de enemigos que en secreto planeaban bombardear la cárcel con tal de verlo muerto. Sin embargo, algo del espíritu de Galán permaneció en los colombianos y Pablo ya nunca más pudo volver a ser tan poderoso.

“Más que una lucha de un grupo de delincuentes contra la posibilidad de ser juzgados en otro país, fue la expresión más violenta del intento de una clase social por ser reconocida”.

La misma sociedad colombiana fue la que lo llevó a la tumba, al darle la espalda al mito y quitarle su energía. De alguna manera todos tuvieron que ver con esto para convertirlo en lo que fue, desde los pobres desocupados que vivían en la miseria y que trabajaron en laboratorios en la selva para producir cocaína, hasta los pilotos que conducían los aviones para transportar la mercancía, los policías y militares corruptos que miraban a otro lado, al igual que ciertos jueces que no investigaron y abogados que defendieron negocios turbios, junto con bancos que aceptaron el blanqueo del dinero narco; sin olvidar a los futbolistas que ansiaban jugar el mundial y que no se molestaron en saber de dónde venía el dinero que los financiaba. El negocio prosperó tanto en esos años que hasta se llegó a jugar un partido entre la mafia colombiana y la italiana cuando El Atlético de Medellín de Escobar enfrentó al Milán de Berlusconi por la final de la Copa Intercontinental de 1989. Así de atractivo es el dinero que todo lo conquista.

Es verdad, esta historia no se pudo contar en una película, no alcanzó ni siquiera una serie con un súper presupuesto basada en un libro extraordinario como lo es La Parábola de Pablo de Alfonzo Salazar. Ya se hicieron otras series para contar la historia del paramilitarismo en Colombia como Alias, el mejicano y Tres Caínes, que cuenta la vida de los hermanos Castaño: traficantes, paramilitares, supuestos fundadores no confirmados de los Pepes. Ellos también ayudaron a asesinar a Escobar, al tiempo que el ejército arrasaba de manera inhumana con las barriadas y sus jóvenes, en busca de cómplices del hipopótamo jefe.

Pero al final, una sola pregunta me atormenta. El signo de interrogación comienza a dibujarse con sangre cuando veo a Pablo Escobar sobre el tejado en diciembre de 1993. Momentos antes miraba por la ventana, lleno de nostalgia, como un Napoleón en el exilio. Su sobrevalorado cerebro se ve a través de un disparo en la sien. Limón, el último hombre de confianza, yace cerca de la escena. Ahí recuerdo a su primo Gustavo y a su hijo Gustavito que murieron baleados por la policía. Al Mejicano ya le habían explotado la cabeza hace tiempo y así, uno de los narcos más poderosos y sanguinarios de Colombia, más buscado por la DEA que el propio Pablo, había tenido un trágico final del que no escaparon ni su hijo ni sus principales secuaces. Su ejército paramilitar no lo pudo salvar y sus fincas también fueron saqueadas en busca de tesoros escondidos.

A su vez, los demás socios del cártel de Medellín desaparecieron por completo. Los Galeano y los Moncada fueron asesinados por Pablo en La Catedral; Carlos Ledher fue extraditado a los Estados Unidos como Griselda Blanco, que a su vez, fue ajusticiada muchos años después cuando caminaba por la calle en libertad. Todos son narcos despiadados, asesinos y algo benefactores que murieron de la peor manera o delataron a sus cómplices en la cárcel. De los hermanos Ochoa uno está muerto, el otro preso y el otro en libertad. Al Osito, el hermano de Pablo, le explotó una bomba en la cárcel que lo dejó ciego y casi sordo. Fidel Castaño desapareció del mundo en enero de 1994 para reaparecer en una fosa común junto a otros cadáveres mucho tiempo después. Su hermano murió una década más tarde. Juntos utilizaron su ejército paramilitar para eliminar a la guerrilla; realizaron atentados por los que culparon a Pablo y finalmente hicieron todo lo posible por asesinarlo antes de que él los asesinara a ellos.

El mismo año que murió Escobar apresaron al Chapo Guzmán por primera vez cuando todavía no era el jefe máximo del cartel de Sinaloa. Dos años después atraparon a los hermanos Rodriguez Orejuela, jefes del cártel de Cali, miembros de los Pepes. También cayeron narcos de Tijuana como los Arellano Félix y del de Juárez como Amado Carrillo Fuentes, El señor de los Cielos. El de Sinaloa corrió la misma suerte: mataron a Arturo Beltrán Leyva y varios de sus hermanos fueron capturados. Cayó El chapo y solo queda su amigo escondido en el monte desde siempre: Ismael Mayo Zambada, el narco con casi 50 años de experiencia que nunca estuvo preso, famoso como el Chapo, poderoso como Escobar.

Sin embargo, siento que hay un narco que se me perdió en el camino. Pienso que tiene que ver con la CIA, que hace años trafica drogas para financiar sus operaciones encubiertas fuera de presupuesto. O con el ejército de Estados Unidos, que luego de la intervención en Afganistán de 2003 provocó una propagación de cultivos de amapola para producir heroína. Pero Reagan y los Bush ya no son presidentes. Algo no cierra. Es cierto, la guerra contra el narcotráfico está perdida, pero parece que debería haber terminado en su pico narrativo como lo hizo Breaking Bad, donde al narco se lo justifica por su enfermedad terminal y la prioridad que tiene su familia.

Puede parecer extraño, pero no dejo de sentir que vemos una película una y otra vez que ya debería haber terminado hace tiempo, ya que todos los malos están muertos, absolutamente todos los antiguos nombres de relevancia ya no existen. ¿Entonces qué? ¿Cómo que no ha terminado esto? ¿Es posible que como siempre se hace en Hollywood vengan otros a realizar malas secuelas para recaudar más dinero? Me sigo haciendo esa única pregunta ¿Cómo se le dice que no al dinero fácil?

 Dr. Manzer 

Ilustraciones: Carnaza

Esta nota forma parte del número 12 de Revista Doctor Gonzo.

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