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BASADO EN RUMORES REALES

¿Qué tienen en común la frontera en el desierto de Arizona, un viaje a Katmandú lleno de drogas y una banda canadiense que la rompe? En esta crónica, la nostalgia es el enemigo natural de las ilusiones.

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Existe el rumor de que el arte está en decadencia, que lo bueno ya pasó y que nada va a volver a ser igual que antes. Hay una idea no generalizada de que la buena música es algo que pertenece a la antigüedad, una ilusión que a veces induce al pensamiento de que habría sido mejor nacer en otra época, que en general las cosas cada vez están peor en el mundo y que la existencia del ser humano es una causa perdida. Parte de ese rumor es verdad, pero a pesar de eso es preciso no dejar de intentar tener una nueva esperanza al mirar al horizonte.

Para desentrañar la verdad que esconde este rumor verdadero va a ser necesario relatar una historia que ciertas veces parecerá divagar en su argumento, pero que al final resultará muy poco desconcertante.

Hace un tiempo que existen grupos paramilitares en el desierto de Arizona que colaboran extraoficialmente con la Patrulla Fronteriza que hace guardia en la puerta de Estados Unidos. Grupos de civiles y ex soldados armados se encuentran equipados para luchar contra la inmigración árabe y latina que se filtra cada día a su país. También operan contra el tráfico de drogas que cruza a diario la frontera para distribuirse y envenenar la mente de los jóvenes, los viejos y la gente de mediana edad de Estados Unidos.

Algunos de estos hijos pródigos de la violencia social sueñan con estar en un buen tiroteo como los que ven en las películas, capturar un cargamento de drogas y dar de baja a los narcos. Otros son más centrados y saben que el trabajo más que nada se trata de encontrar peregrinos que se pierden en el desierto para llevarlos de vuelta a su tierra y dejarles bien en claro que con ellos no se jode. Todos estos desocupados víctimas de la debacle financiera de 2008, más allá del procedimiento que elijan, se dedican a cuidar su tierra de una manera personal. Piensan que los musulmanes y los mexicanos contaminan el estilo de vida norteamericano, y eso es algo que ellos nunca soportaron: que un extranjero vaya a otro país e imponga por la fuerza del auténtico marketing una manera de vestirse, una Coke para beber, un Big Mac para comer y un best seller que leer. Ya es suficiente tener que soportar que el mundo entero les succione su manera de pensar y que además los miren con ojos envidiosos.

Para muchos yanquis y europeos el otro lado de la línea siempre albergó lo salvaje que es ajeno a su mundo. “Los inmigrantes quitan trabajo o son delincuentes, es igual”, parecen pensar. Cualquiera sea su elección, lícita o no, estará mal para el patriota albergar al desterrado en su podrido seno.

Es útil recordar que en El asesino desinteresado Bill Harrigan, de Jorge Luis Borges, el autor habla de “la imagen de las tierras de Arizona y de Nuevo México, tierras con un ilustre fundamento de oro y de plata, tierras vertiginosas y aéreas, tierras de la meseta monumental y de los delicados colores, tierras con blanco resplandor de esqueleto pelado por los pájaros. En esas tierras, otra imagen, la de Billy the Kid: el jinete clavado sobre el caballo, el joven de los duros pistoletazos que aturden el desierto, el emisor de balas invisibles que matan a distancia, como una magia. El desierto veteado de metales, árido y reluciente. El casi niño que al morir a los veintiún años debía a la justicia de los hombres veintiuna muertes—`sin contar mexicanos´”. La aclaración sobre los mexicanos parece certificar que los del otro lado no eran nada para los pistoleros más que escoria humana. El ejército civil que patrulla Arizona –gente con pelotas que hace lo que el Gobierno no tiene el valor de hacer- actúa como un repelente frente a la plaga del ser indeseable que se desplaza por el mundo bajo el alias de “inmigrante”.

La tierra de Arizona perteneció a México hasta 1848, cuando se firmó el Tratado de Guadalupe de Hidalgo, al final de la Guerra de Intervención Estadounidense que enfrentó a México con la policía del mundo a partir de 1846. México no pudo ni reclamar frente a la agresividad de sus vecinos para apropiarse de varios territorios ajenos, entre ellos Texas, California, Nevada y Nuevo México. Una vez cambiada la bandera en el mástil, los lugareños nacidos en su tierra fueron marcados como vacas con un fierro caliente que decía “maldito extranjero”.

Para los invasores, la frontera siempre tuvo que ver con la búsqueda de oportunidades, a pesar de la existencia salvaje, en territorios desconocidos. Allí, donde lo nuevo y lo viejo se confunden, mientras lo conocido se vuelve pequeño frente a la incertidumbre que provoca el horizonte, se halla el embrión de las primeras fantasías de la máxima potencia militar del mundo. La Doctrina del Destino Manifiesto, expuesta en diferentes medios del siglo XIX por jóvenes e influyentes columnistas como John L. O´Sullivan, fue la pata fundamental de la expansión territorial bajo el pretexto del progreso tecnológico, la verdadera religión y el Estado bien administrado imposible de evitar.

Mientras se firmaba el Tratado de Guadalupe, por otro lado, en el rancho de John Sutter, en Coloma, California, ya se sabía que el capataz James Marshall había encontrado pepitas de oro. Intentaron ocultarlo, pero la noticia se expandió y la frontera pronto se volvió más atractiva que nunca. Unas 300 mil personas emigraron a California y el Estado sin ley característico del viejo oeste, con el tiempo, se convirtió en una región grande y próspera. Donde solía estar la granja del viejo Sutter erigieron los edificios de Sacramento, la actual capital de San Francisco, mientras que John Sutter fue condenado a un destino manifiesto no tan espléndido, que lo llevó a una vejez pobre y una muerte triste luego de que los buscadores de oro invadieran sus propiedades y truncaran sus proyectos de agrandar su fortuna.

***

Charles Duchoussois nació en Francia y recorrió gran parte del mundo bajo los efectos de las drogas. Durante años vagó aquí y allá sin rumbo fijo y estuvo preso por ser un ladrón y un estafador de poca monta. Para enero de 1969, luego de peregrinar indiscriminadamente en busca de aventuras, Charles  llegó a Estambul. En un hotel de la ciudad probó su primer shilom o pipa de haschich y a partir de ahí su odisea continuó, pero con la compañía de los narcóticos, que poco a poco pasaron de ser un aditivo de su historia a una adicción que modificó todos los aspectos de su ser. Experimentó con todas las drogas que encontró, aunque nunca aspiró cocaína, según contó en su novela autobiográfica Flash, que publicó en 1972. Se metió durante años opio, morfina, heroína, metadrina y LSD de manera gradual. Sustancia a sustancia, las fumaba, las tomaba, se inyectaba, mientras sumaba las partes de un todo para formar un estilo de vida que le permitiera ver con gracia la desgraciada existencia de ser un drogadicto.

En la India, más precisamente en el cerro Malabar, en Bombay, Charles se trepó a lo que en el libro llama “las torres de la muerte”, más conocidas como dakhma o La Torre del Silencio. Es un lugar que conoció por un fotógrafo inglés que le propuso subir y fotografiar lo que había ahí arriba, para intentar cobrar los veinte mil francos que podía cotizarse la nota. La tarea no era nada sencilla, ya que los sacerdotes que custodiaban la torre alimentaban muy poco a sus perros salvajes, para que fuera masticado sin piedad todo el que quisiera cruzar los muros y la alambrada que separaba al mundo de sus costumbres. Había trampas alrededor y trepar a la torre no era nada fácil. Nadie nunca había retratado lo que existía en la cima de un dakhma.

Allí arriba se deja a los muertos de la religión parsi (o zoroástrica) según una tradición ancestral Iraní, un rito funerario de los antepasados. Implica depositar los cuerpos apilados, hombres por un lado, mujeres por otro, niños cerca, uno sobre otros, sin nombres y desnudos, para que los buitres se devoren la carne en descomposición de los cadáveres. Todo esto, según la perspectiva de los parsis, está relacionado con la naturaleza. Los huesos que sobran y que no son del agrado de los buitres, luego de empalidecer al sol, se tiran a un canal de agua interno de la torre que tiene salida al mar.

Además de drogadicto, Charles era un tipo astuto, hábil, fuerte y ventajero, por lo que rápidamente armó un equipo para la misión. Una vez allí, luego de varios sustos, logró subir a la torre. Casi vomita al ver a las grandes aves picotear el ojo de un cadáver y arrancar el cerebro con su pico, mientras que la pasividad de los rostros sin alma lo conmovió. Sacó las fotos, bajaron y escaparon de los perros.

Una vez a salvo se dieron cuenta de que el rollo que habían utilizado estaba vencido y no servía. Todavía no existen imágenes certeras de esos cementerios elevados en los bosques asiáticos, que no satisfacen a los parsis más jóvenes y que entran en conflicto con los más tradicionalistas. Estos piensan que la religión puede desaparecer si desaparece esa costumbre.

El fanático de la música busca la sensación que el drogadicto sintió en el primer pinchazo, emoción que perseguirá toda la vida hasta su muerte.

No fue la única vez, ni la última, que Charles encontró muerte en su camino. En la India, a orillas del Ganges, presenció cómo le cortaban la pierna al niño que le vendía marihuana para que al mendigar diera más lástima. Antes de eso fue víctima junto a tres compañeros de viaje de un choque en una ruta escarchada hacia Adana, en Turquía. Sus amigos René y Taras Bulba murieron en el accidente, el otro, Yvon, regresó a Francia en muletas. Charles se quedó solo, pero se integró plenamente -sin ser uno de ellos- a la comunidad de hippies que inundó en 1969 Katmandú, la capital mundial de la droga, en Nepal.

En Katmandú Charles experimentó el sueño del adicto que compra su droga en la farmacia y recibe la inyección de las manos de un doctor inescrupuloso. Su adicción creció a medida que los problemas lo acorralaban y su estadía se complicó. Amigos oportunistas que sólo se interesaban en su compañía a partir del dinero que conseguía con sus trapisonadas cambiaron su opinión con respecto al estilo de vida libre que llevaban los hippies que él conocía. La progresiva falta de dinero en el viaje lo llevó a dormir sobre viejas esteras en el piso de hoteles baratos de mala muerte que se llenaban de cucarachas.

Charles perdió las ganas de vivir en menos de un año. Para agosto de 1969, con 29 años y 6 meses de edad, ya era todo un junkie de un metro noventa que pesaba cuarenta y ocho kilos. Ni ansioso ni atormentado, ni feliz ni desgraciado, había adquirido el fatalismo de los orientales; tenía la idea de pasar sus últimos días en la montaña, en el Himalaya, para llegar a la nieve y allí darse una última inyección que calculadamente lo enviaría al más allá: la última frontera que le quedaba por cruzar. En el camino encontró el lado salvaje del mundo que ya había experimentado durante el resto de su viaje, pero aumentado. Charles describió todos los lugares que visitó en oriente, a fines de los sesenta, como cercanos a la Edad Media. Experimentó de lleno la sensación de que cada país es un mundo en sí, un planeta de un sistema, un lugar donde se encuentran seres vivos que se ven como extraterrestres desde la perspectiva del visitante: para el que los oye hablan otro idioma, escriben con símbolos, sus reglas no son iguales, piensan de manera diferente, comen otros animales, tienen intereses distintos, el tamaño de su cuerpo y el color de su cara no es el mismo de quien los mira.

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Camino a su muerte en la montaña, el rumor de la presencia de Charles se esparció entre las aldeas por ser un forastero de aspecto llamativo, que poseía conocimientos básicos de medicina, factor que para los aldeanos significaba de alguna manera conocer un hospital. También encontró otros drogadictos en su travesía. En un pueblito en medio del Himalaya, unos chicos a los que no les entendía nada lo condujeron adonde había un hombre blanco que se pinchaba los brazos como él y permanecía todo el día acostado.

En la parte alta del pueblo, en una bella casa, encontró a un norteamericano casi esquelético parecido a Jesús. No podía hablar, estaba debilitado y enfermo. Sus brazos tenían costras de sangre que le impedían seguir inyectándose. Con el último aliento de vida, demostraba que lo único que quería era mitigar su sufrimiento con una inyección de opio. Charles lo cuidó unos pocos días, lo inyectó cada vez que lo necesitó y él se drogaba a la par también, cada vez con más cantidad y en menores lapsos de tiempo. El norteamericano murió en sus brazos, no tenía más de 25 años y no llevaba encima ninguna clase de identificación. Lo enterraron en la montaña, en una tumba sin nombre.

***

Me fascina la nostalgia, ese deseo inútil de volver al pasado o de sentir que antes todo fue mejor. Me embruja aún más esperar un año para sentir que ese antiguo presente en el que renegaba de un pasado irrecuperable se convierte en un hermoso pasado lleno de olores y sensaciones que extrañar. Para mucha gente la música era mejor antes que ahora, pero no se dan cuenta de que anteriormente pensaban lo mismo. Woody Allen estuvo impecable al retratar este dilema en el argumento ganador del Oscar de Medianoche en París (2011), pero eso no fue suficiente para que todos lo entendiéramos. En la película, el protagonista soñaba con vivir en la Francia de los años veinte y codearse con escritores como Ernest Hemingway y Scott Fitzgerald. Una vez que llega a esa época, a la que considera una edad de oro, se enamora de una mujer que vive ahí pero que sueña con vivir en la Belle Époque del año 1890, porque los años veinte le parecen aburridos.

Existen muchas bandas actuales que me gustan, la que más destaco es Arcade Fire, de Canadá. Su música tiene los ingredientes justos que combinan pasado y futuro en un presente inmejorable. Los fundadores del grupo están casados hace años, sus nombres son Win William Butler y Régine Chasagne. Ella es hija de haitianos que emigraron a Canadá durante la dictadura de Francois Duvalier. En “Funeral”, el disco que editaron en 2004, hay una canción llamada Haití, que Régine le dedicó a sus antepasados: “Haití, mi país, Madre herida a la que nunca veré. Mi familia liberadme, arrojad mis cenizas al mar. Mis primos no nacidos atormentan las noches de Duvalier, nada detiene a nuestros espíritus. Las armas no pueden matar lo que los soldados no pueden ver, en el bosque nos escondemos. Tumbas sin nombre donde crecen las flores. Oye a los soldados gritar con furia, en el río nos iremos. Todos los niños nacidos muertos forman un ejército, pronto reclamaremos la tierra. Todas las lágrimas y todos los cuerpos conllevan nuestro segundo nacimiento. Haití, nunca libre, no tengas miedo de hacer sonar la alarma. Tus hijos se han ido pero en aquellos días su sangre aún estaba caliente”. La banda tocó en Haití luego del terremoto de enero de 2010, donde unas 220 mil personas murieron. Además, Régine fundó KANPE, una fundación para ayudar a reconstruir el país.

Para mucha gente la música era mejor antes que ahora, pero no se dan cuenta de que antes se pensaba lo mismo.

“Reflektor”, su último disco, fue uno de los mejores de 2013, junto con AM de Artic Monkeys y Modern Vampires for the city de Vampire Weekend. Sacaron cuatro discos en diez años y todos fueron editados de manera independiente a pesar del crecimiento de la banda. En este último canta su padrino artístico David Bowie y fue coproducido por James Murphy, miembro de LCD Soundsystem. David Fricke escribió en Rolling Stone sobre el álbum: “El tercer disco de Arcade Fire, “The Suburbs” (2010), fue claro y urgente, un disco acerca de sueños y escape, acristalado con golpes de rock clásico. Fue un Number One hit y un justo ganador del Grammy por álbum del año. “Reflektor” es aún mejor, por esta razón: la chirriante unión cargada de perspicacia del dance moderno de Murphy junto al sabotaje post punk y la fluidez y comodidad natural de Arcade Fire con los ritmos caribeños”. La mayor parte de las canciones superan los seis minutos, el crítico lo definió como “una epopeya para bailar dividida en latigazos”.

Están los que afirman que Arcade Fire es una banda sobrevalorada, al igual que toda las bandas de esta generación. Se quejan de esto y sueñan con la reunión de Led Zeppelin mientras Robert Plant Y Jimmy Page, cuando sacaron el primer disco de la banda, el 12 de enero 1969, soñaban con el regreso de Willie Dixon y anhelaban haber nacido en otra época.

Habría que olvidar la nostalgia para no volvernos esos tangueros del pasado que cantaban la letra de Tiempos Viejos en 1926 con una lágrima en el ojo: “¿Te acordás, hermano? ¡Qué tiempos aquéllos, eran otros hombres más hombres los nuestros. No se conocían cocó ni morfina, los muchachos de antes no usaban gomina”. Abrazar tanto la nostalgia no es bueno, altera la mente y distorsiona la realidad. Imaginen si los mexicanos se pasan de añoranzas y re locos de droga deciden tomar las armas y recuperar el desierto de Arizona, para expulsar de ahí al país que se burló de ellos hace menos de 200 años. Estados Unidos tendría una nueva batalla del Álamo. Derrotar al ejército más poderoso del mundo sería muy heroico e inolvidable como para no hacer una película. Pero los muchachos que patrullan la frontera ya nunca entenderían que la tierra que aman les pertenece a ellos como a todos. Aparte podría generar un efecto contagio y tal vez a Paraguay se le ocurriría hacer lo mismo con la Argentina por las mismas razones.

***

En la mente de los que extrañan los buenos tiempos y no se acostumbran a lo nuevo, el horizonte se revela como lo desconocido y lo nuevo que por lógica debe ser malo. Por otro lado, en el mismo prejuicio, convive el flash del drogadicto. Aplicado a la experiencia en la música, el fanático busca siempre la sensación que sintió en el primer pinchazo, emoción que perseguirá toda la vida hasta su muerte. Por alguna razón, algunos jóvenes de los setenta y ochenta no se dan cuenta de que se quejan de la juventud actual como sus padres lo hicieron con ellos.

Es por eso que los rockeros y críticos de música que se quejan y se preguntan en voz alta desde la cultura “¿Qué nos pasó?”, podrían iniciar una campaña para volver a la esencia de los años ochenta, donde supuestamente todas las bandas sonaban mejor que las de ahora. De paso retomemos la costumbre de drogarnos hasta morir, de tomar cocaína porque sí, para financiar las mansiones de los narcos de fantasía como Escobar, Gacha, Ledher, Gaviria, la CIA, la DEA y Bin Laden. Tengamos una sangrienta dictadura y festejemos el regreso de la democracia con bandas que sólo se pueden crear luego de oprimir adecuadamente durante años a los adolescentes. El estallido del arte reprimido ya dio cuenta de su poder en el Renacimiento y en las diferentes eras del rock. Para agosto de 1969, mientras Charles Duchoussois pesaba 48 kilos y sostenía a un yanqui drogadicto que se moría en sus brazos plagados de pinchazos, en el festival de Woodstock tocaban Jimi Hendrix y Janis Joplin. Dos jóvenes prodigios y virtuoso que murieron por su ignorancia con respecto al tema de las drogas. Queda claro qué época fue mejor para el arte ¿o no?

Claro que sí, Jimi Hendrix fue lo mejor que le pasó a la humanidad, por lejos, pero no fue muy inteligente para seguir con vida en este mundo. Tampoco se logró conservar la unidad hippie demostrada en Woodstock, que tuvo su propia parábola cuando el 6 de diciembre de 1969, un día después de la salida de “Let It Bleed”, los Rolling Stones se presentaron en Altamont y todo fue un desastre del que fueron parte los Hell´s Angels.

Por lo menos en la muerte de esa generación sobrevivieron valores que se colaron al sistema: gracias a ellos no es necesario volverse tan radical para ser libre, los padres no les pegan a sus hijos y la droga, dependiendo de la cantidad, puede ser un remedio que redima a la humanidad o un veneno que la asesine. Por eso sé que el rumor es real y estoy seguro de que nada va a volver a ser igual que antes. Miro al horizonte y entiendo que lo que viene es imposible de predecir… eso es lo bueno… y hay que festejarlo.

Dr. Bersington

Esta nota forma parte de “EN BUSCA DEL NARCO PERDIDO”,
el número 12 de Revista Doctor Gonzo.

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