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Historia vs Hollywood, la pantalla final

La esclavitud entre Lincoln y Django. El Oscar y la custodia de las cintas. Argo fuck yourself. La lista de Spielberg y la mente enferma de Michael Bay. Transformers y el culto a la industria automotriz. El cinéfilo arte de afectar al subconsciente.

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Semejante despertar no podía morir en el intento. Entre náuseas y bostezos me di cuenta de que para matar a la oscuridad había que encender la luz. Prendí el velador y sentí que eso no podía mejorar, hasta que encendí la televisión y todo sucedió de golpe, en un instante. Toda la magia del celuloide atravesó mi conciencia hasta dejarme atormentado. En un canal daban un especial sobre la entrega de los Oscars, en otro Family Guy, en dos distintos a Los Simpson y en otro pasaban a Francella. Entre dos canales también daban Transformes 2 y 3 en castellano. En TCM proyectaban Rojos (1981), de Warren Beaty. En el resto hablaban del Papa, pero no por mucho más tiempo. Abrumado por la situación me puse a escribir para volver a desatar ese nudo que oprimía mi pecho y extirpar mis inquietudes.

En el especial de los Oscars Ben Affleck agradecía con emoción el premio a Mejor Película por Argo luego de que la Primera Dama Michelle Obama anunciara al ganador en pantalla gigante. Junto al director se encontraba George Clooney en su papel de productor. Si ven Argo se van a dar cuenta de que en toda la película no hay muertes y que prácticamente no hay violencia explícita. Su trama se centra en el rescate de seis diplomáticos estadounidenses que permanecían escondidos en la casa del embajador de Canadá en Irán tras escapar de la toma de la embajada estadounidense. Esto se recuerda como la “Crisis de los rehenes” en Irán y sucedió durante la presidencia de Jimmy Carter, entre noviembre de 1979 y enero de 1981. La toma fue en represalia por el apoyo que EE.UU. le daba al depuesto sha, Mohammad Reza Pahlavi, monarca que gobernó Irán desde 1941 hasta la revolución de 1979 y que enfermo de cáncer recibía tratamiento gracias a la Casa Blanca. Eso incitó a que un numeroso grupo de manifestantes ocupara por la fuerza el edificio para secuestrar a 66 ciudadanos norteamericanos, acusarlos de espionaje y encarcelarlos. Según la historia que cuentan, fue el agente de la CIA Tony Mendez el que se encargó de ir a buscar a los seis fugitivos que permanecieron cautivos en una mansión mientras los iraníes los buscaban. Para realizar el rescate, la CIA montó una productora de cine que pretendía filmar una película de ciencia ficción en territorio Iraní llamada Argo. Mediante guiones e identidades falsas con sus respectivos pasaportes, que Mendez entregó a los fugitivos, lograron salir del país como parte del equipo de filmación del ficticio estudio de cine. Al final se pueden ver imágenes reales de los perseguidos y su asombrosa reconstrucción hecha para la película. Sin embargo, a pesar de canciones de los Rolling Stones, Led Zeppelin y un suspenso interminable, Argo deja un sabor a nada que no merece ganar un premio a Mejor Película.

Entre un barbudo Ben Affleck y un John Goodman que hace acordar a sus épocas de Pedro Picapiedra resuelven un problema mínimo en el marco de una crisis de 444 días mientras otras 66 personas permanecían cautivas en celdas con los ojos vendados. Chistes malos y mucha actitud, eso solo hizo falta para resolver este entuerto y lo lograron sin mayores problemas que los que muestran en pantalla pero que no sabemos exactamente cómo sucedieron. Entonces Argo es una película que no sólo muestra al pueblo de Irán como un grupo de extraterrestres invasores, sino que cuenta que el cine mismo sirvió para salvar esas vidas. La magia, la fantasía, todo listo para ser verdad.

Para no alimentar el conflicto con Oriente, el gobierno de Carter le dio el crédito a Canadá y la medalla secreta al mérito para Mendez. Los ciudadanos de EE.UU. agradecieron durante años el gesto canadiense, ya que no sólo el embajador y su esposa albergaron a estos diplomáticos en su casa, sino que los sacaron del infierno. El carácter secreto de la misión duró hasta 1997, cuando Bill Clinton hizo pública la historia. Ahora, con Argo convertido en un auténtico film premiado y de taquilla, ya no como pantalla para salvar vidas inocentes, la película termina por decir que los canadienses no hicieron tanto, que los policías de EE.UU. fueron los héroes otra vez y que con su astucia, frases armadas como Argo fuck yourself y facha desmedida lograron salvar al mundo gracias a la intervención de su aliado más fiel, el cine.

Al narrar estos hechos la historia se vuelve ficción. Cualquier historia es mejor si se exagera. Es así que la escena en que los oficiales iraníes persiguen al avión de cerca antes de despegar con los diplomáticos parece falsa, o al menos recreada para hacer un thriller atractivo que todos tengan ganas de ver. Será que la historia es aburrida. Irán afirmó que hará una película con su propia versión de los hechos, que ocurrieron durante la Revolución Iraní de 1979, encabezada por el ayatola Jomeini. La crisis terminó el mismo día que Carter le entregó el poder a Ronald Reagan, un actor de cine de los años ´30 y ´40 que llegó a la presidencia para basar su accionar militar en las películas de Rambo.

Continué con la entrega de los Oscar. No me sorprendió cuando Daniel Day-Lewis subió a recibir el tercero de su trayectoria por actor protagónico, esta vez por Lincoln (2012). Su carrera ya lo había determinado como uno de los mejores actores de la historia. Grandes producciones de un fastuoso contenido lo respaldan, desde su corto debut en Gandhi (1982), hasta sus premios por Mi pie izquierdo (1989) y Petróleo Sangriento (2007). En 1993 hizo En el nombre del padre, por lo que rechazó ser el protagonista de Filadelfia, del mismo año, papel que tomó Tom Hanks para ganar un Oscar antes de su segundo premio por Forrest Gump, de 1994. Luego, Day-Lewis se tomaría su tiempo para quedarse con el record absoluto. Su interpretación en Lincoln del primer republicano de los Estados Unidos durante el final de la Guerra Civil fue de lo más destacable. Con su oficio, trajo a la vida a ese barbudo presidente de 1,93m de estatura que con su espalda encorvada y un gran sombrero de copa se convertía en un gigante. Su voz cancina y su capacidad de contar historias que todos escuchaban, sus modestos modales y su calma quebrantable sólo cuando dejaban de escucharlo, son parte de la performance de Lewis. Desde su posición como presidente de un país dividido, donde la otra parte se autoproclamaba independiente de su mandato, Lincoln hizo frente a los políticos del siglo XIX para abolir la esclavitud en su país. Mientras tanto, la Guerra Civil alcanzaba su desenlace habitual de muertes carniceras abarrotadas de falso heroísmo. Sin embargo, más allá de la actuación inmejorable del protagonista, Lincoln no es una película muy buena. Tal vez sea por su lento relato, basado en el libro Team of Rivals: the Political Genius of Abraham Lincoln, escrito por la historiadora Doris Kearns Goodwin en 2005. O acaso por escenas como en la que muestran a un grupo de negros cuando entran por primera vez en la historia a la Cámara de Representantes y todos aplauden de menor a mayor hasta alcanzar la emotividad. La intención de transmitir un pluralismo vanguardista de un puñado de estadounidenses suena un poco a broma en estos tiempos.

Es así que Lincoln no trata el tema de la esclavitud en un sentido estricto, sino que se centra en las relaciones de poder y los tráficos de influencias que circularon durante la votación de la enmienda que la abolió. Tampoco aclara que ese hito no nació sólo de corazones generosos, sino también de los efectos de la entonces flamante Revolución Industrial, que daba por terminada la etapa del trabajo esclavo en el país a cambio de una era de obreros industriales.

Se sabe, no todos tendrán la oportunidad de verla. Muchos se aburrirán y no prestarán atención a la historia por sentirla cercana a los libros del colegio. Para esa gente hicieron Lincoln Cazador de Vampiros (2010). Como si hiciera falta una película más de los hijos de Drácula, Hollywood también se tomó la libertad de darle superpoderes antimaléficos a sus próceres. Algo así como hacer una “Manuel Belgrano, Hombre Lobo Sudamericano”.

Es Steven Spielberg el director de Lincoln, un bodrio de dos horas que proclama “Ey, esclavizamos durante siglos a los negros, pero ya no. Ahora, a festejar”. Es como que un amigo te cuente que luego de 30 años dejó de pegarle a la mujer porque consideraba mal negocio que no pudiera cocinar con las manos rotas y te invite a festejar con un ponche de sangre. Spielberg también es el responsable de obras maestras como Amistad (1997), esa película que empieza con un contingente de negros desnudos que destripa a la tripulación de un barco. Esa historia, basada en un hecho real, relata cómo un grupo de africanos fue capturado en 1839 y trasladado a Cuba para servir como esclavos en un barco portugués. Dos negreros españoles los embarcaron, pero en el viaje se amotinaron y asesinaron al capitán y al cocinero luego de que tiraran al mar a 50 negros por falta de provisiones. La tripulación sobreviviente desvió la nave en secreto hacia la costa este de los Estados Unidos, para ser interceptados por los guardacostas. Los africanos fueron encarcelados y acusados del asesinato de dos españoles. Durante el juicio se demostró que su transporte era ilegal y fueron liberados, no sin antes pasar por la difícil tarea de hacerse entender en otro planeta. En esa época los tratados internacionales y las propias leyes de EE.UU. prohibían la trata internacional de esclavos, pero se aceptaba la esclavitud donde ya existía.

Para sanar esta memoria selectiva de una historia plagada de cicatrices, Quentin Tarantino se animó a verter sal directo sobre las heridas abiertas. Su spaghetti western, Django Unchained (2012), trata sobre un cazarecompensas que libera a un esclavo llamado Django, con un talento natural para disparar y matar, quien buscará encontrar a su esposa esclava y liberarla a cualquier precio. La trama transcurre en el sur de EE.UU. dos años antes de la Guerra de Secesión, la Guerra Civil estadounidense que separó al país entre 1861 y 1865, escenario donde también transcurre Lincoln. Por eso Tarantino ha calificado a su película como un southern, por contar un western sangriento, al igual que lo hace en todas sus obras, pero no ambientado en el viejo oeste californiano de Bonanza, sino en la tierra sureña de Texas y Mississippi.

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Jamie Fox como Django castiga con el látigo a un esclavista

Christoph Waltz (Coronel Hanz Landa para los amigos) encarna a un cazarecompensas alemán que odia el racismo y la opresión de la libertad, al tiempo que Jaimie Foxx, ganador del Oscar a mejor actor por Ray (2004), se encarga de dar vida a ese cowboy morocho que causa estupor ante sus prójimos con sólo montar un caballo. A la vista queda lo que no debemos ver cuando se plantea que pocos años antes de terminar con la esclavitud la gente se horrorizaba por ver a un negro que no caminaba atado a un grillete. Ante los ojos ajenos, esos seres salvajes no entendían cómo vivir en sociedad, sobre todo en una plagada de armas y duelos sin sentido amparados en la segunda enmienda de su constitución. Mientras que en Inglorious Basterds (2009) Tarantino utiliza como villanos a los nazis para hacer de la violencia algo que el espectador quiera ver con atención y sin vomitar, en Django Unchained es el héroe el que puede representar las ganas de venganza insatisfechas. Desde que Django azota con un látigo a su antiguo esclavista, el mismo que había torturado a su mujer por robarse una gallina, hasta que hace volar la finca de Leonardo Di Caprio y Samuel Jackson, todo lo que vemos representa el lado más oscuro de la justicia ciega que nos gustaría pero que no debemos perpetrar.

Di Capri en el papel de Calvin Candy

Di Caprio en el papel de Calvin Candy

Entonces, si Spielberg hizo la vista gorda sobre ciertas cuestiones ¿es de los buenos o de los malos? Para responder esa pregunta primero habría que preguntarse qué es ser bueno o malo. En todo caso Spielberg se ha encargado de fabricar y estar en casi todos los momentos importantes del cine contemporáneo. Ya sea como director, guionista, productor y hasta en cameos, participó de todo proyecto que su acelerada y superdotada mente pudo manejar. Pero su nombre también se asocia a esas producciones que no le hacen bien a la cabeza de nadie. Desde antes y durante su participación en Lincoln, Spielberg produjo la trilogía Transformers, cuyo trabajo encomendó al director Michael Bay. Tal vez lo recuerden por películas como Bad Boys (1993), que le dio fama a Will Smith a mediados de los noventa luego de ser rapero como músico y actor. Junto a Martin Lawrence interpretaron a esos policías que te hacen reír con chistes oportunos al tiempo que te encandilan con su ropa, autos y departamentos mientras asesinan narcotraficantes que todos queremos ver muertos. Sigamos con La Roca (1996), tal vez la peor película de Sean Connery, historia de villano redimido y valentía desmedida. O Armageddon (1998), un sancocho como pocos se han hecho: el mundo se termina y sólo hay un salvador que, claro está, es EE.UU., gracias al equipo de una plataforma petrolera que salvará al planeta sólo con agallas, orgullo y fe cristiana. Otra: Pearl Harbor (2001) ¿Por qué perdimos tantas horas de nuestras vidas en ver cómo el amor y la infidelidad están presentes en la guerra? Por último, Bad boys 2 (2003). En esa está el gran final explosivo en Cuba, donde consiguen entrar gracias a “un narco amigo de Fidel”.

Michael Bay es el prototipo del director malformador de cabezas. Transformers es una oda al militarismo extremo, la industria automotriz y el eterno revivir del héroe americano. Mientras veo la 2 y la 3, cambio de canal de una a otra y siempre suena la misma canción; hasta el compás cae donde debe. De esta obra musical es responsable Steve Jablonsky. En las dos da vida a la misma atmósfera musical emocionante una y otra vez sin importar qué suceda. Pero lo peor de estas películas es ver cómo los militares van a la guerra “por los muertos” y cómo esta vez el héroe no maneja un megavehículo que lo acompaña en sus aventuras, sino que el camión mismo es el héroe en sí. Los autos con ametralladoras parecen naturalizar la destrucción mediante una película de entretenimiento para niños calificada para toda la familia. Cada escena parece el punto cúlmine de la humanidad y la historia parece mostrarnos que el centro del universo está hecho de camiones. La industria automotriz y su maquinaria se muestran como dioses ocultos de la galaxia, donde parece existir una raza mecánica con forma de Lamborghini que hace pensar que las máquinas tienen vida propia, cuando en realidad es el hombre quien se la brinda.

Megan Fox participa de las dos primeras entregas de la saga pero no de la tercera, porque se refirió al director Bay como un nazi en diferentes entrevistas. También lo acusó de no permitir el desarrollo de los personajes por lo chato de sus argumentos, que se centran en emocionantes explosiones, mientras a ella la hacían correr por el desierto de Egipto sin que se mancharan sus pantalones blancos ni sus botas. Para la 3 fue despedida y reemplazada por la modelo Rosie Huntington-Whiteley, que no es actriz y que en su primer largometraje se dedicó a posar sensualmente de un blanco imposible de ensuciar por los escombros. Bay se defendió y acusó a Fox de desagradecida porque gracias a él se hizo famosa, al igual que lo hicieron otros tantos actores que ya hemos citado previamente. En este caso los Oscar no fueron para estas películas, pero sí los dólares, ya que cada una de las entregas recaudó más que la otra y juntas suman más de 2.600 millones de dólares.

El film también inundó los hogares desde la tele y las consolas para que los chicos se fanaticen con los videojuegos donde ellos mismos pueden combatir a los malos de la película. Es curioso que los juguetes de la línea Transformers, que existen desde la década del ´70, hayan cambiado su concepción en el año 1984. Fueron un invento japonés y comenzaron siendo robots transformables que piloteados por humanos combatían extraterrestres. Su forma actual de Autobots y Decepticons la tienen desde que la marca Hasbro compró la línea de juguetes para hacerle competencia a las figuras de acción de Star Wars. Mediante comics publicados por la editorial Marvel, tomaron forma de vida interplanetaria hasta que se hicieron las caricaturas como un comercial de media hora para vender los muñecos.

Miré mi escena un poco afligido y me puse a pensar en que es posible que los Oscar estén para darle relevancia a los asuntos políticos que EE.UU. necesita que les prestemos atención. O al menos parece ser lo que ha sucedido a través del tiempo en esta ruleta millonaria, que gira alrededor de un guión paralelo a la realidad y que muchas veces deforma nuestros conceptos sobre la historia contemporánea. Es como si el cine yanqui se encargara desde hace tiempo de reescribir la historia de su país cada vez que lo cree necesario. Casos como la guerra de Vietnam -perdida en el campo de batalla, ganada más de una vez en la pantalla-, o la reciente Argo, constituyen la muestra de las licencias autorales que pueden llegar a tener aquellos que escriben con la intención de confundir. Pareciera que en sus letras malformadas afloran las ilusiones sofocadas de victorias bélicas de seres que no soportan admitir una derrota. Entre efectos digitales y maquillaje quitamanchas, se habla de ganar o perder las guerras, como en un juego de mesa, un TEG de realidad visceral, un genocidio de tableros.

Después de tanto pensar entendí que nada de lo que pensaba tenía sentido. Mientras veía Rojos me di cuenta de algo: esa bioepic sobre la vida de Jack Reed, de cuando escribió Diez días que conmovieron al mundo (1919) mientras vivía la Revolución Rusa desde adentro, fue la ganadora del Oscar a Mejor Director en el año 1981. Tal vez estuve muy paranoico y los Transformers y Lincoln cazador de vampiros, presidente y narrador de cuentos no tengan la culpa. Tal vez todas esas armas de fuego no tuvieron nada que ver con las masacres en los colegios primarios. Fue así que tuve que probarme que puedo no ser pesimista y me puse a ver noticias en la madrugada. “La asociación del rifle propone combatir armas con más armas”, “La NRA propone agentes armados en los colegios”, “La única manera de detener a un tipo malo armado es un tipo bueno también armado”. Parece que la idea es salvar vidas y creo que ya sé que es ser bueno o malo. “La Nasa: Si un asteroide se aproxima a la Tierra “recen””. Un científico explicaba las pruebas de que vivimos en un sistema solar activo con objetos peligrosos que pasan cerca de la Tierra y que de dirigirse hacia nosotros nada podríamos hacer para evitarlo. “Los demócratas abandonan la prohibición de armas de asalto”. Esa es una buena ¿Cómo pueden quitarle la libertad a un hombre de comprar su propia ametralladora para el auto?

Cambio por última vez de canal y comienzo a quedarme dormido. Ya es de noche y derroté al insomnio. Cerca quedaron la bandeja de comida sin lavar y los apuntes que debo corregir. Mi sueño americano se consuma y entre la espesa irrealidad veo a Oscar, de pie, con su acento en la letra “O”, que suena mucho más frívola; ahí está, desnudo con los brazos cruzados que clavan su espada sobre un rollo de película bien custodiado; petrificado, ahí permanece el ícono cultural, inmóvil, en su eterna tarea de ser una estatua enchapada en oro sobre su invisible base de metal negro, con sus 34 centímetros de altura y 3 kilos de peso, para legitimar las historias mal contadas por aquellos que poseen los mejores lápices para dibujar, las mejor caligrafía para escribir y la mayor paleta de colores para despintar o despistarnos a todos nosotros que escuchamos atentos sus historias antes de ir a dormir nuestra eterna siesta sin despertador.

dR. mANZER

Encontrá esta nota y muchas más en el número 10 de Revista Doctor Gonzo.

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