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¿Quién engañó a Roger Waters?

El Teatro de la confusión

¿Empecé a escribir? Era como una orgía de flashes fotográficos de paparazzis pasados de anfetaminas. Se solicitó que no utilizaran cámaras con flash, pero no todos hicieron caso… a muchos no les gusta que les digan lo que no tienen que hacer, sea prender una bengala o sacar fotos. Es inútil, MC Atmos o Master of ceremonies, ha llegado a decirles que se los iba a ametrallar si se paraban, que se les iban a confiscar las cámaras si fotografiaban, que los callarían si no guardaban silencio, que los pondrían contra la pared si fumaban marihuana, o eran negros, o judíos. Hasta se construyó un muro entre ellos y la banda para no tener que ver sus estúpidas caras de asombro y devoción.

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   Pero la audiencia permaneció y creció, y se fue comportando tal y como quería. Con las mismas caras, pero menos chillones. Eso fue progresivo, como crecer de a poco. Diez años atrás los encendedores todavía ocupaban el lugar de las cámaras digitales, los VIPS no estaban tan de moda y nadie soñaba ni siquiera con pagar más de 100 pesos una entrada. Pero las cosas cambian en diez o treinta años, y atraviesan una obra, y esta historia atraviesa a las personas, que atraviesan el tiempo y los cambios junto con la obra atravesada atravesadora de atravesados. Si diez años atrás todo era igual y nada era distinto Roger Waters no se hubiera encontrado con Alejandro de las Casas y Karlota Estevan en Ezeiza.

Durante el año pasado, cuando la vorágine por conseguir una entrada colapsó las boleterías de La Trastienda, miles de personas corrieron a hacer fila para caer todos juntos con los niños a la picadora de carne de The Wall. Los tickets desaparecieron en minutos y segundos después ya estaba la adorable reventa en internet. Las quejas contra Livepass se multiplicaban también. No importaba si eran 50 o 300 personas en la fila. Sacar una entrada llevaba tres horas promedio hasta llegar a la boletería, una de las dos (junto con la de la cancha de River) dispuestas por Livepass para solventar las entradas solicitadas de todo el país. Durante ese tiempo de espera uno podía fumar cigarrillos, leer parte de dos libros y una revista, conocer gente afín y no tanto, sentarse, pararse, acostarse, buscar problemas, fumar porro, masturbarse, primero mentalmente, luego físicamente, acabar. La gente no parecía inmutarse, todos parecían cómodos y adormecidos. Mientras tanto, la boletería esperaba con entradas que en la web ya aparecían como “No disponibles”. Así, Fenix Entertainment Group y Pop Art Music festejaron su propia fusión, con un negocio que sería redituable en 25 millones de dólares en entradas vendidas. En este marco, la ópera rock compuesta por Waters resulta una obra anticapitalista que sólo se puede realizar por las vías que propone el capitalismo: tarjetas de crédito, descuentos bancarios, compra de tickets por internet, merchandising oficial, butacas costosas. Todo como parte de una entrada que sustentará no sólo el sonido cuadrafónico y las luces, sino la pantalla, las proyecciones en alta definición, el equipo técnico y la producción en general. También puede hacerlo porque ya no tiene miedo de perder su dinero. El tipo tiene 68 años, y de fracasar de nuevo su carrera musical le espera una fructuosa carrera como doble de Richard Gere.

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   Alejandro de las Casas había llevado su bajo Fain multiautografiado para que Roger se lo firmara. Karlota Estevan era una fotógrafa Mexicana. Esos fueron los únicos dos fans que fueron a recibirlo a Ezeiza en 2002. Algunos preguntaron quién era ese señor. Si todo era igual hace diez años y nada ha cambiado, Waters debería haber hecho nuevos temas para meter más de 20.000 personas en el estadio Vélez y no recurrir a un disco compuesto hace más de treinta años para remover los fantasmas de su pasado y poder ser libre finalmente; con solo la libertad que el dinero te puede proporcionar en este mundo de puentes y paredes diseñadas por arquitectos.

Estaba en el teatro de la confusión hace ya muchos días, transpirado y sucio, lleno de vida. Las luces eran demasiadas, pero cálidas. Era como una nave espacial que se había estrellado dentro de una estrella; verdadera música espacial. No toda la gente alrededor compartía mi sensación, pero otros tantos sí. Un cerdo sobrevolaba nuestras cabezas al ritmo de Run like Hell y la paranoia crecía sin parar. Las luces espadeaban en el cielo y un humo espeso se elevaba entre nosotros. Esa noche era como siempre. Como las ocho noches anteriores, pero un poco distinta. Un avión de guerra cruzó la cancha de River y se estrelló contra el muro sobre el escenario en una violenta explosión. El cielo se cubrió de humo y el aroma nos metió en la beligerancia cerebral y espiritual de Roger Waters. Escuchamos por última vez esos fuertes disparos en The thin ice. Con cada estruendo aparecía una ficha con el nombre de un muerto en alguna guerra de los últimos cien años. La foto de cada fallecido se incorporaba al muro como otro ladrillo en la pared. Momento… a veces hay que pasar de pasado a presente…

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   El maestro grita, y grita fuerte, detrás de los oídos, y los niños bailan otra vez. El tren aparece en el muro a medio construir. Roger Waters interpreta la única pieza nueva de este repertorio durante esta gira: A brick for Charles, una canción acústica que funciona como reprise de Another brick in the wall y que habla del electricista brasileño asesinado en un confuso episodio sin justicia en el metro londinense luego de los atentados de 2005. En la pantalla central aparecen su foto y sus datos sobre una hoja de color sepia con renglones: Jean Charles de Menenzes – Civilian – Born 1978 – Brazil – Died 2005 – Stockwell Road – Tube Station – London, England. Sigue lo de siempre, lo de nunca, Waters de joven y de viejo, le canta a su madre, a la madre de todos, a la gran madre que nos parió, que nos vigila, nos sobreprotege y nos hace dudar de abandonar el hogar. Hay gente que se queda dura de filmar, como si alguien les pagara por su trabajo. Otros se quejan del posible playback o de las visuales pregrabadas y se pierden el resto. En Good bye blue sky los aviones arrojan sus bombas petroleras y misiles automotrices. Los logos de Shell, Mercedes Benz, Exxon Mobile y símbolos de dólar caen, una parte la audiencia silba, abuchea y reniega del auto que llevaron a la estación de servicio antes de llegar para pagar 150 pesos un estacionamiento; rebalsa la pileta de sangre repleta de símbolos religiosos católicos, islámicos y judíos. Todas religiones igualmente inválidas según Waters; “Ha llegado el momento de dejar de lado la idea de una presencia omnipotente”, diría en el programa de su show que aquí no fue distribuido. Entre Empty Spaces y What shall we do now las plantas juguetean y coquetean y copulan y se convierten en el ave negra que nos acecha en este muro de ladrillos irregulares. Las preguntas nos castigan: “¿Compraremos una nueva guitarra? ¿Conduciremos un coche más potente? ¿Trabajaremos a lo largo de toda la noche? ¿Nos embarcaremos en luchas? ¿Dejaremos las luces encendidas? ¿Lanzaremos bombas? ¿Haremos giras por el Este? ¿Contraeremos males? ¿Enterraremos huesos? ¿Romperemos hogares? ¿Enviaremos flores por teléfono? ¿Nos dedicaremos a la bebida? ¿Nos quedaremos encogidos? ¿Dejaremos la carne? ¿Apenas dormiremos? ¿Tendremos personas por mascotas? ¿Amaestraremos perros? ¿Correremos como ratas? ¿Llenaremos el ático de dinero? ¿Enterraremos tesoros? ¿Almacenaremos ocio? Pero nunca descansaremos”.

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Nada se parece a este cerdo y a estas luces que me deslumbran. Generalmente detesto que filmen el DVD de la gira en la Argentina, arruinan la oscuridad del show con la iluminación. Sin embargo, otra cosa conmovía. Me llegaba el recuerdo de Let there be more light del disco A Saucerful of secrets y me dejaba llevar. Otra vez, de presente a pasado. Averigüé que Waters alquiló el cerdo en el bazar de Peter Frampton, de hecho consiguió un económico paquete de nueve unidades para que cada noche el público argentino lo despedazara y se llevara su pedacito de Pink Floyd a su casa… todo a cambio de pasar 30 days in the hole de Humble Pie antes de cada recital… una ganga…

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Esperamos a los gusanos y llegaron los martillos, la marcha gritona, los pasos largos de las botas, el pedido de que todo se detenga, de quitarnos el uniforme y volver a casa, luego de presenciar el juicio y la caída del muro para que lo vuelvan a levantar una y otra vez. Y Roger se va, no sin antes haber cumplido su cometido: que 40 mil personas admitan y griten que se han adormecido en la vida, o al menos que lo piensen por un segundo y no lo canten; que el sistema ha alcanzado a cada una de sus células y que ya nada pueden hacer para volver a ser los niños llenos de sueños que supieron ser. Roger golpea el muro buscando una salida y los ladrillos estallan en una bomba de colores esperanza que se expande hasta alcanzar la madre de todas las psicodelias. De eso se trataron estos shows, de volver todos a ser niños, de ver dibujos animados, de asombrarnos con aviones que se estrellan, de excitarnos, ilusionarnos, de agarrar a nuestra rata por mascota y quererla aunque nos dé fiebre. Y no ser sólo niños cuando queremos satisfacer nuestro aburrimiento con guitarras nuevas, autos más poderosos, casas más grandes o entradas de primera fila para ver a un viejo caminar frente a un muro de colores que encandila. El último recital de Waters con Floyd fue durante la gira presentación de The Wall. Ahora los últimos recitales de su vida son con esta misma obra, que comenzó con una idea inicial al pelearse con un fan en Montreal, durante la última presentación de la In the Flesh o Animals tour. Los gritos y aullidos de los fanáticos a lo largo de la gira terminaron por hacerlo odiar a su audiencia. Luego se peleó con su banda, sus compañeros de trabajo, sus amigos, sus mujeres, su público, sus productores, su gente, su vida, su música. Derribó sus ladrillos y volvió a empezar. Entonces ¿Quién engañó a Roger Waters? ¿Quién le dijo que durante los recitales del 80/81 debía ponerse una remera con el número uno para hacer notar su voz de mando? ¿Quién le dijo que debía modular con más fuerza las letras que cantaba Gilmore para que nos diéramos cuenta de que él también sabía cantar? La historia de la música tiene revanchas y aquí un capítulo final fue filmado en alta definición, en el país que primero lo acogió emocionado, como un regalo irrepetible con dos fans en el aeropuerto y 20 mil en el estadio, para luego descocarse con el Dark side of the moon entero, y por último llenar nueve veces River con fanáticos, amantes de la música, cholulos, famosos de cuarta, figuras, caretas, máscaras, niños, ancianos y locos.

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   Me tragué una parte de 1943… que suene We’ll meet again de Vera Lynn… otra vez al presente… hacia al final… de nuevo el pasado. El juez caga su veredicto por la boca: que tiren abajo el muro, y todos secundamos: “Tear down the wall, tear down the wall”. Mis piernas se debilitan, el cansancio de los días previos se hace notar, mi sangre está envenenada, mi cabeza está feliz, mi alma está contenta, pero no puedo soportar estar parado, comienzo a sudar, mis neuronas sangran por dentro, lo verdaderamente tóxico sale de mi cuerpo, tengo que resistir, ver por última vez el muro desplomarse, los ladrillos que caen, de derecha a izquierda, todo se derrumba en ruido, gritos, aplausos, caigo al suelo como un ladrillo más. Desde mi nueva perspectiva veo las luces en el cielo, la nave aterriza por fin, el rock espacial hizo un viaje de nueve tramos sin escalas. Siento el pasto entre mis dedos, ya no me interesa la despedida ni el canibalismo plástico contra el cerdo. La gente me pisa, camina sobre mí, nada más importa, el teatro de la confusión fue la experiencia extraordinaria, la primavera rogeriana que nunca olvidaremos, el fin de un capítulo y el comienzo de otro. Todo se repite en el renacer imperecedero. Todo vuelve a empezar. El flash era continuo, el de mi mente y el de las cámaras. Era como una orgía de flashes fotográficos de paparazzis pasados de anfetaminas ¿No es aquí donde empecé a escribir?

 

> Dr. Bersington